I
Cuando por pura casualidad encontraron el
cadáver de A., no pudo verse una sola gota cayendo del cielo.
II
De niños jugábamos a perdernos, a escondernos y
a correr por los larguísimos caminos de tierra. En toda aquella zona de huertos
y campos, cada casa estaba separada por los sembrados de nuestros padres, y no
sabíamos muy bien cuándo terminaba un terreno y cuándo empezaba el otro. Aunque
ellos tal vez sí lo supieran. Algunos tenían animales, otros no, pero las
cosechas eran similares por lo general. Jugábamos a intercambiarnos las
familias, y unos nos presentábamos para cenar en las casas de los otros; a
veces nos confundíamos y cenábamos en nuestras propias casas. Éramos siete u
ocho niños. Nos gustaban mucho los tomates y las fresas, las manzanas, las
naranjas, y menos las patatas y las zanahorias. Nos daba miedo que estuvieran
llenas de tierra y gusanos, aunque a nuestros padres no parecía importarles y
comían todo casi sin lavar. Tampoco parecían disfrutarlo demasiado, de todas
formas. Lo hacían más bien por cansancio; nosotros, por despiste. En realidad,
tampoco le teníamos tanto miedo a la tierra, sólo cuando pensábamos en ella, y
no lo solíamos hacer a menudo; de hecho, el que nuestros padres lo hicieran le
daba un aire misterioso. Una vez yo cogí una zanahoria sin lavar ni pelar y me
la comí de una sentada delante de todos mis amigos. No volví a hacerlo, estaba
muy mala y pasé mucho miedo, pero todos me miraban con envidia y la boca
abierta. Guardo buenos recuerdos de entonces. Quitando lo de A., claro.
Los caminos, como decía, eran larguísimos, y
apenas había más árboles que los de las huertas, por lo que teníamos que
inventar nuestros propios juegos o simplemente jugar a correr. A A. le
gustaba más inventar juegos que correr, y aunque también corría como corríamos
todos, siempre pedía el escondite, porque le encantaba pasarse horas escondido
mirando una hoja o escuchando silbar el viento o a los animales. A veces se
formaban montones de arena en las cunetas, y nos dedicábamos a quitarlos con
las herramientas de jardín para que quedaran planas. Y nos podíamos pasar horas
quitando arena y dejando el terreno perfecto para luego correr por ahí, y ambas
cosas nos parecían igual de divertidas. Jugar al escondite era difícil, porque
había pocos lugares en los que esconderse bien y mucho terreno, pero justo eso
era lo que lo hacía interesante.
Una vez, A. encontró el escondite definitivo.
Empezamos a jugar a la tarde, y ya se había desvanecido por completo. Recuerdo
que llovió la noche anterior y por la mañana A. se había caído en un charco de
barro. Después de aquello, nos pidió una y otra vez que jugáramos al escondite;
a todos nos pareció buena idea desde el primer momento, pero siguió insistiendo
durante un buen rato. Pasó más de una hora desde que el primer niño hubo
empezado a contar, y A. y yo seguíamos sin aparecer, aunque después de media
hora más me encontraron. A las dos horas nos pusimos a hacer carreras. De vez
en cuando pasaba algún coche levantando humaredas de polvo, y nosotros le
saludábamos con la mano, y corríamos alrededor de la nube a la vez acercándonos
y huyendo de ella, y jugábamos a tirarnos las piedrecitas que levantaban las
ruedas. Nos reímos muchísimo. No volvimos a ver a A.
III
Tuve que irme a casa porque empecé a sentirme
mareado, por lo visto tenía fiebre. Mi padre cogió el coche para llevarme al
hospital, pero yo no quería. No sabía por qué, pero no quería, no quería, no
quería. Tenía un presentimiento extraño, pero eso a mis padres no les importaba.
Bueno, no sé si era mi padre, pero me llevó al médico igual. Estaba temblando,
pero vi su rostro tan cansado que no me atreví a negarme. Casi hiperventilaba,
pero supongo que supuso que sería por la fiebre. No recuerdo qué me dijo el médico,
creo que me pinchó algo, pero el caso es que a la vuelta estaba más tranquilo
porque no había pasado nada. Estaba deseando llegar a casa. Había luna y estaba
nublado, la noche era oscurísima. El coche tan viejo apenas iluminaba unos
palmos más adelante, y constantemente se salía de la carretera y resbalaba
sobre la cuneta. Supe que estábamos llegando a casa cuando apenas quedaban
baches. Entonces pillamos uno enorme del que no me había dado cuenta hasta ese
momento. Me extrañó, porque era bastante largo e irregular; no íbamos demasiado
deprisa y pude notar el traqueteo por los desniveles. Y mientras, crujidos,
como si estuviéramos pasando por encima de un montón de ramas secas. Los
segundos se me hicieron eternos. Los crujidos de la rueda delantera se
juntaron, ya menos, con los de la trasera, y yo me desmayé.
IV
Aquella noche no llovió. Ya nunca volvimos a
jugar al escondite, y algunos empezaron a comer zanahorias. Nadie nos contó
nada, pero todos sabíamos algo. Entonces todos estaban muy tristes cada vez que
nos cambiábamos de familia había siempre unos padres que se quedaban solos y lloraban
y llevaban un pañuelo negro dentro y fuera de casa. Excepto mi madre, a mi
madre nadie la dejaba sola. Excepto mi padre, claro, que se fue también.
Aunque esa misma mañana ocurrió algo extraño, tan extraño
como lo de A. Me desperté el primero, apenas estaba amaneciendo. Sin saber muy
bien por qué, me puse a correr como un loco por la cuneta con los ojos
cerrados, hasta que tropecé y caí encima de un hombre que llevaba un traje marrón
claro como una patata y estaba tirado en la cuneta. Tenía el pelo revuelto y
todo el traje manchado de barro. Me quité de encima, y sin decir nada me miró y
se fue andando lentamente. No sabía quién era, pero mientras le veía marcharse
lloré mucho porque supe que jamás volveríamos a jugar al escondite.
Fui corriendo a decirles a mis padres lo que
había visto, y ellos se asustaron mucho y me dijeron que me quedara en casa.
Aquel día no pudo verse una sola gota cayendo del cielo.
V
No pasó nada más durante los años siguientes.
Algunos se mudaron con sus padres, y otros se fueron nada más hacerse mayores.
Al final sólo se quedaron los padres más ancianos, y yo. Ayer enterré a mi
madre. Ahora estoy solo. Los otros cinco vinieron, todos estaban muy tristes,
sobre todo cuando hablaban conmigo. Soy el único que aún sale a correr y a
quitar los baches de las cunetas. Ahora están todos casados, tienen familia,
llevan trajes marrones y seguro que comen muchas zanahorias. Espero que a mí
eso no me pase nunca.