Una meditación
Estoy
sentado en una incómoda
silla
de cáñamo a la sombra
de
un manzano, intentando
observar
la línea
del
horizonte.
Mucho
tiempo pasé mirando hacia el suelo,
perdiendo mi vista en la tierra,
en los prados, los ríos,
en todo aquello que cambia,
que deviene o que florece. Luego ya me di cuenta
del vasto cielo sobre mis hombros,
y, sin levantarme, alcé la vista a las nubes;
traté de leer las estrellas, de observar
el polvo ir, volátil,
arrastrado por los aires cambiantes, efímero; el sol,
mi obsesión exaltada,
endemoniada fogata divina, fantasmal resplandor,
promesa cegadora, artífice
de sombras, y casi
quedo ciego. Cuando ya me dolieron
los ojos, entonces
decidí dirigir mi mirada
al horizonte, aún sentado en mi silla,
y aquí estoy desde entonces.
En el horizonte se junta todo;
todo converge en el horizonte.
Es el horizonte un hilo fabuloso
del que tirar para, si acaso,
descoser la tiniebla velada.
O eso es lo que una y otra vez repito,
como mantra letánico sin separar
mi cuerpo del cáñamo de la silla.
Entonces aparece:
un barbero irrumpe
como un rayo y corta
mis ojos. Y sangro
hacia el interior de mi cuerpo.
La racionada racionalidad se desborda
en mil ríos que devienen
en subrealidad. Y me ahogo
temiendo respirar
en la nada.
Mis ojos cortados se llenan de nada.
Mi cuerpo se pierde y transfórmase en nada.
Nada es lo que pienso,
y acaso siento nada.
Me muevo en la nada.
Buceo en la nada.
Absorto me quedo absorbido por nada.
Y entonces comprendo
¿Qué comprendo? Pues nada.
Nada hay ya que comprender.
Nada hay, nada
de nada, más que… algo ocurre.
Nada me molesta de pronto,
y esta molestia que siento me saca
de mi sueño letárgico,
leteico… me asciende
a través de capas y capas de olvido, y empiezo
a emerger y diferenciarme,
a ser un ente corpóreo,
a asemejarme a algo estático,
o acaso a mí me lo parece.
Con un impulso, me levanto de la silla
y paseo por las praderas sintiendo
el aire, la hierba, el calor,
la luz, el arroyo, la tierra y la sangre
fluyendo incansable por todo mi cuerpo.
Mis ojos están surcados de cicatrices,
pero, sin embargo, veo todo más claro,
e intuyo que en algún lejano surco
de mi cerebro algo extraño ocurrió.
Es apenas una sensación no acostumbrada,
apenas una especie de… vacío en potencia
de ser un recuerdo
más claro, mejor, más que olvido,
aunque olvido parezca.
Cuanto más lo siento, más lo intuyo,
y cuanto más lo pienso, más creo olvidarlo.
De una forma u otra, no desaparece,
permanece ahí grabado, y es tan agradable...
Es una especie de no saber, de no-sé-qué-pero-lo-intuyo,
una especie de vacío presencial,
o tal vez sólo nostalgia
de algo indeterminado, incierto,
pero real, nostalgia de… nada.
Nada más allá.
Tal vez no sea nada.
O puede que sí.