miércoles, 8 de febrero de 2017

Juegos de la infancia

I
Cuando por pura casualidad encontraron el cadáver de A., no pudo verse una sola gota cayendo del cielo.

II
De niños jugábamos a perdernos, a escondernos y a correr por los larguísimos caminos de tierra. En toda aquella zona de huertos y campos, cada casa estaba separada por los sembrados de nuestros padres, y no sabíamos muy bien cuándo terminaba un terreno y cuándo empezaba el otro. Aunque ellos tal vez sí lo supieran. Algunos tenían animales, otros no, pero las cosechas eran similares por lo general. Jugábamos a intercambiarnos las familias, y unos nos presentábamos para cenar en las casas de los otros; a veces nos confundíamos y cenábamos en nuestras propias casas. Éramos siete u ocho niños. Nos gustaban mucho los tomates y las fresas, las manzanas, las naranjas, y menos las patatas y las zanahorias. Nos daba miedo que estuvieran llenas de tierra y gusanos, aunque a nuestros padres no parecía importarles y comían todo casi sin lavar. Tampoco parecían disfrutarlo demasiado, de todas formas. Lo hacían más bien por cansancio; nosotros, por despiste. En realidad, tampoco le teníamos tanto miedo a la tierra, sólo cuando pensábamos en ella, y no lo solíamos hacer a menudo; de hecho, el que nuestros padres lo hicieran le daba un aire misterioso. Una vez yo cogí una zanahoria sin lavar ni pelar y me la comí de una sentada delante de todos mis amigos. No volví a hacerlo, estaba muy mala y pasé mucho miedo, pero todos me miraban con envidia y la boca abierta. Guardo buenos recuerdos de entonces. Quitando lo de A., claro.
Los caminos, como decía, eran larguísimos, y apenas había más árboles que los de las huertas, por lo que teníamos que inventar nuestros propios juegos o simplemente jugar a correr. A A. le gustaba más inventar juegos que correr, y aunque también corría como corríamos todos, siempre pedía el escondite, porque le encantaba pasarse horas escondido mirando una hoja o escuchando silbar el viento o a los animales. A veces se formaban montones de arena en las cunetas, y nos dedicábamos a quitarlos con las herramientas de jardín para que quedaran planas. Y nos podíamos pasar horas quitando arena y dejando el terreno perfecto para luego correr por ahí, y ambas cosas nos parecían igual de divertidas. Jugar al escondite era difícil, porque había pocos lugares en los que esconderse bien y mucho terreno, pero justo eso era lo que lo hacía interesante.
Una vez, A. encontró el escondite definitivo. Empezamos a jugar a la tarde, y ya se había desvanecido por completo. Recuerdo que llovió la noche anterior y por la mañana A. se había caído en un charco de barro. Después de aquello, nos pidió una y otra vez que jugáramos al escondite; a todos nos pareció buena idea desde el primer momento, pero siguió insistiendo durante un buen rato. Pasó más de una hora desde que el primer niño hubo empezado a contar, y A. y yo seguíamos sin aparecer, aunque después de media hora más me encontraron. A las dos horas nos pusimos a hacer carreras. De vez en cuando pasaba algún coche levantando humaredas de polvo, y nosotros le saludábamos con la mano, y corríamos alrededor de la nube a la vez acercándonos y huyendo de ella, y jugábamos a tirarnos las piedrecitas que levantaban las ruedas. Nos reímos muchísimo. No volvimos a ver a A.

III
Tuve que irme a casa porque empecé a sentirme mareado, por lo visto tenía fiebre. Mi padre cogió el coche para llevarme al hospital, pero yo no quería. No sabía por qué, pero no quería, no quería, no quería. Tenía un presentimiento extraño, pero eso a mis padres no les importaba. Bueno, no sé si era mi padre, pero me llevó al médico igual. Estaba temblando, pero vi su rostro tan cansado que no me atreví a negarme. Casi hiperventilaba, pero supongo que supuso que sería por la fiebre. No recuerdo qué me dijo el médico, creo que me pinchó algo, pero el caso es que a la vuelta estaba más tranquilo porque no había pasado nada. Estaba deseando llegar a casa. Había luna y estaba nublado, la noche era oscurísima. El coche tan viejo apenas iluminaba unos palmos más adelante, y constantemente se salía de la carretera y resbalaba sobre la cuneta. Supe que estábamos llegando a casa cuando apenas quedaban baches. Entonces pillamos uno enorme del que no me había dado cuenta hasta ese momento. Me extrañó, porque era bastante largo e irregular; no íbamos demasiado deprisa y pude notar el traqueteo por los desniveles. Y mientras, crujidos, como si estuviéramos pasando por encima de un montón de ramas secas. Los segundos se me hicieron eternos. Los crujidos de la rueda delantera se juntaron, ya menos, con los de la trasera, y yo me desmayé.

IV
Aquella noche no llovió. Ya nunca volvimos a jugar al escondite, y algunos empezaron a comer zanahorias. Nadie nos contó nada, pero todos sabíamos algo. Entonces todos estaban muy tristes cada vez que nos cambiábamos de familia había siempre unos padres que se quedaban solos y lloraban y llevaban un pañuelo negro dentro y fuera de casa. Excepto mi madre, a mi madre nadie la dejaba sola. Excepto mi padre, claro, que se fue también.
Aunque esa  misma mañana ocurrió algo extraño, tan extraño como lo de A. Me desperté el primero, apenas estaba amaneciendo. Sin saber muy bien por qué, me puse a correr como un loco por la cuneta con los ojos cerrados, hasta que tropecé y caí encima de un hombre que llevaba un traje marrón claro como una patata y estaba tirado en la cuneta. Tenía el pelo revuelto y todo el traje manchado de barro. Me quité de encima, y sin decir nada me miró y se fue andando lentamente. No sabía quién era, pero mientras le veía marcharse lloré mucho porque supe que jamás volveríamos a jugar al escondite.
Fui corriendo a decirles a mis padres lo que había visto, y ellos se asustaron mucho y me dijeron que me quedara en casa. Aquel día no pudo verse una sola gota cayendo del cielo. 

V

No pasó nada más durante los años siguientes. Algunos se mudaron con sus padres, y otros se fueron nada más hacerse mayores. Al final sólo se quedaron los padres más ancianos, y yo. Ayer enterré a mi madre. Ahora estoy solo. Los otros cinco vinieron, todos estaban muy tristes, sobre todo cuando hablaban conmigo. Soy el único que aún sale a correr y a quitar los baches de las cunetas. Ahora están todos casados, tienen familia, llevan trajes marrones y seguro que comen muchas zanahorias. Espero que a mí eso no me pase nunca.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Monstruo

«Toi, monstre aux mille formes cruelles»
Gris
¡Oh, monstruo de las mil crueles formas!
¿Cuál de todas tomarás ahora?

¿Serás torrente descontrolado,
maremotos imparables?
¿Serás inmenso iceberg, hundido
entre todas esas corrientes?
¿Serás páramo desierto y marchito,
el vergel de la ceniza,
o sombría, deletérea araña
que emponzoñe mi percepción?

¿Serás Luna?
¿Serás cadáver?
¿Serás sangre u hormiguero?
¿Serás voces?
¿Serás gusanos?
¿Serás grieta? ¿…O incertidumbre…?

¿Serás la única lluvia constante
en mi eterno devenir?
¿Serás esperanza neblinosa,
promesa de conocer,
optimismo inestable, indefenso,
que rápido se marchite,
tan estéril, lánguida semilla
del viejo manzano del sol?

Serás duda.

¡Qué lejos queda ya el mediodía,
en esta, mi tarde eterna,
y entre los recovecos del ocaso,
qué cerca se ven las tinieblas
y este ser, que viene al acecho,
y oculto está en todas ellas!

Así pues, ¡dime,
oh, monstruo de las mil crueles formas!
¿Cuál de todas tomarás ahora?

Sinapsis

    “Life, Sex and Death”
Cult of Fire

Las hormigas piden un minuto de silencio:
hoy es fiesta en el hormiguero.

El rocío forma arcoíris
en la tela de la araña, hoy
suavemente mecida
por una brisa crepuscular.

La luz del alba roza
su pecho extasiado y dibuja
raíces con cada respiración,
doradas raíces de fortuna.

¿Y los gusanos?
Ah, los gusanos… ahí están, ¿no los ven?
Acurrucados sobre el cuerpo que respira,
Volaron lejos de su crisálida.

Un último suspiro rompe el silencio
ahogado de los jadeos y retumba
en la quietud de mi corazón,
eterna quietud momentánea.

Y fluyen los cálidos ríos,
con la entrada de esa última nota,
se vierten, ya libres, ya lejos, dando fin a la obra
en una última cadencia,
resuelta ya toda tensión.

No hay palabra más sincera
que la que ha sido suspirada
en este revoltijo de sábanas y carne,
apenas esbozada en el latido frenético,
en la demencia dionisiaca donde
alcanzamos plena comprensión:
en ese instante momentáneo,
resumen de una eternidad. Pues lo inefable
no puede más que ser suspirado.
La música está hecha para ser escuchada,
y las palabras son adornos necesarios
de ese apenas gesto
                                 trascendental.

Y en esta paz, en esta alcoba
de ensueño, ajena a toda
realidad, resurgen de las cenizas,
apenas rompiendo el cascarón, y ya libres,
los pájaros incandescentes, que iluminan
las sombras de la noche: el rocío irisado
del alba crepuscular.

C’est dangereux de se pencher dedans

Una meditación

Estoy sentado en una incómoda
silla de cáñamo a la sombra
de un manzano, intentando
observar la línea
del horizonte.

Mucho tiempo pasé mirando hacia el suelo,
perdiendo mi vista en la tierra,
en los prados, los ríos,
en todo aquello que cambia,
que deviene o que florece. Luego ya me di cuenta

del vasto cielo sobre mis hombros,
y, sin levantarme, alcé la vista a las nubes;
traté de leer las estrellas, de observar
el polvo ir, volátil,
arrastrado por los aires cambiantes, efímero; el sol,
mi obsesión exaltada, 
endemoniada fogata divina, fantasmal resplandor,
promesa cegadora, artífice
de sombras, y casi
quedo ciego. Cuando ya me dolieron

los ojos, entonces
decidí dirigir mi mirada
al horizonte, aún sentado en mi silla,
y aquí estoy desde entonces.
En el horizonte se junta todo;
todo converge en el horizonte.
Es el horizonte un hilo fabuloso
del que tirar para, si acaso,
descoser la tiniebla velada.
O eso es lo que una y otra vez repito,
como mantra letánico sin separar
mi cuerpo del cáñamo de la silla.

Entonces aparece:
un barbero irrumpe
como un rayo y corta
mis ojos. Y sangro
hacia el interior de mi cuerpo.

La racionada racionalidad se desborda
en mil ríos que devienen
en subrealidad. Y me ahogo
temiendo respirar
en la nada.

Mis ojos cortados se llenan de nada.
Mi cuerpo se pierde y transfórmase en nada.
Nada es lo que pienso,
y acaso siento nada.
Me muevo en la nada.
Buceo en la nada.
Absorto me quedo absorbido por nada.
Y entonces comprendo
¿Qué comprendo? Pues nada.
Nada hay ya que comprender.
Nada hay, nada
de nada, más que… algo ocurre.
Nada me molesta de pronto,
y esta molestia que siento me saca
de mi sueño letárgico,
leteico… me asciende
a través de capas y capas de olvido, y empiezo
a emerger y diferenciarme,
a ser un ente corpóreo,
a asemejarme a algo estático,
o acaso a mí me lo parece.

Con un impulso, me levanto de la silla
y paseo por las praderas sintiendo
el aire, la hierba, el calor,
la luz, el arroyo, la tierra y la sangre
fluyendo incansable por todo mi cuerpo.

Mis ojos están surcados de cicatrices,
pero, sin embargo, veo todo más claro,
e intuyo que en algún lejano surco
de mi cerebro algo extraño ocurrió.

Es apenas una sensación no acostumbrada,
apenas una especie de… vacío en potencia
de ser un recuerdo
más claro, mejor, más que olvido,
aunque olvido parezca.

Cuanto más lo siento, más lo intuyo,
y cuanto más lo pienso, más creo olvidarlo.
De una forma u otra, no desaparece,
permanece ahí grabado, y es tan agradable...
Es una especie de no saber, de no-sé-qué-pero-lo-intuyo,
una especie de vacío presencial,
o tal vez sólo nostalgia
de algo indeterminado, incierto,
pero real, nostalgia de… nada.

Nada más allá.
Tal vez no sea nada.
O puede que sí.

domingo, 31 de julio de 2016

Habitación cerrada a cal y canto

Plagio a Dostoievski

Estoy encerrado porque no puedo escribir. Porque no puedo escribir, estoy encerrado. Porque pienso, soy; porque soy... A quién le importa. Estoy encerrado porque odio. Te odio, odio a todos, a mí mismo. A cal y canto. A cal y canto estoy encerrado, no es que odie a cal y canto, eso sería absurdo. Odio por odio, y diente por diente, por el puro placer de odiar: dientes que se me caen en mis sueños. Ladro, pero casi nunca muerdo, ni madrugo, ni me ayudan. A cal y canto, y al otro lado, arena. Expresiones, frases hechas, el pueblo. Epistemología, Lógica, Dialéctica, Estética... Odio, odio, odio. Odio y encierro. ¿Y cuál es el blanco? Yo soy el blanco, europeo, de clase media, yo puedo permitirme odiar y ser el blanco, el blanco de mi odio. El resto, no. No deberían. Me quitan mi terreno, y yo quiero todo el odio para mí solo, no quiero quedarme sin sustento. De algo tendré que vivir, ya que estoy encerado. A cal y canto, sí, basta ya de expresiones. Estoy encerrado (ya-sabe-cómo) porque no puedo escribir. Y porque no puedo escribir... odio. No me planteo nada más, simplemente me regocijo en ese sentimiento. Las paredes de la habitación son muy sólidas, muchísimo, aquí dentro se está bien fresco para el calor que hace afuera. ¿Qué más quiere que le cuente? ¿Esperaba una fábula acaso? ¡Jamás! ¿Qué fábula voy a escribir aquí encerrado? El buen fabulador precisa de una imaginación desbordante, y yo de eso no tengo. ¿Qué fábula voy a escribir, si yo sólo tengo una cosa? ¡No lo diga! Ya sabe qué es, sabe lo que siento, no es necesario repetirlo más veces. Lo que no tengo es una imaginación desbordante, eso seguro. No, mire, tengo un escritorio, una silla, algunos folios y un lápiz (antes escribía con pluma, pero como ya no puedo escribir no la necesito); tengo una habitación cerrada, una llave y mucho ya-sabe-qué dentro. Pero "imaginación desbordante"... déjeme que haga inventario... pues no, disculpe, el producto "imaginación desbordante" no se encuentra ahora mismo en existencias, inténtelo en otro momento. Un zumbido constante en la cabeza, eso es lo más parecido que he encontrado. A mitad de precio, si gusta. ¿No lo quiere? Mejor, más para mí. Ya lo quisiera usted, este zumbido constante de televisor viejo. Viejo y estropeado, claro, se sobreentiende. Zumbido constante como la muerte; irreal, como los sueños; molesto, como la vida. En esta habitación se junta todo. Mi cámara mortuoria, mi lugar de reposo, mi sala-paritorio (aquí es donde escribo, donde escribía antes, ahora es un yermo). Descartemos la vida entonces: sólo nos quedan los sueños, y la muerte. Con eso podría escribirse algo, aunque no fuera una fábula propia de una imaginación desbordante (¿dónde estará?), pero algo, por lo menos. ... Nada. Sigo encerrado (ya-sabe-cómo, ya-sabe-por-qué). Tal vez sea culpa del folio. Está ahí, mirándome, es como un abismo teñido de nieve. Tal vez si escribo palabras al azar se me ocurra algo. Por ejemplo... Vaya, tampoco se me ocurren palabras al azar, qué sorpresa. Es este folio que me drena las energías, no puede ser otra cosa. Me extraña que a estas alturas no se haya teñido de rojo. A lo mejor es que no me queda sangre que absorber. A lo mejor por eso es tan blanco, porque no puedo sacar nada de él, y él de mí nada. Quién sabe si no es el folio el que me está escribiendo, el que se está escribiendo en mí. Quiero decir, a sí mismo, pero en mi retina, y más allá, no sé si me explico. A lo mejor ahora mismo mi mente puede estar siendo el soporte de la mejor obra de ficción jamás escrita por un folio, y yo aquí, sin sacar una sola letra. Tiene que ser así, no hay otra explicación posible, porque yo lo siento. Noto un gran batiburrillo, un zumbido en mi cabeza, como un televisor viejo. Viejo y estropeado, se entiende. Oh, ¿eso ya lo dije? Vaya. El caso es que es algo más que un zumbido, creo. Es como un impulso. Mi mente es una nebulosa, y las estrellas parecen estar alineándose. Sí, parece que al fin se están definiendo, me parece intuir una constelación. ¡Ya lo tengo! ¡Rápido, voy a escribirlo antes de que... Qué más da. No saldría bien. Necesito algo más inmediato. No puedo entretenerme a pensar una trama, un desarrollo, unos personajes... Todo eso lleva tiempo. Y esfuerzo. E imaginación. No, yo necesito algo más rápido. Algo más estimulante. Algo que me permita canalizar mi odio. Vaya, dije la palabra prohibida. Qué más dará. A lo mejor si escribo en la mesa... seguiré en blanco. Como el folio. Blanco eterno... como la muerte. La muerte, sobre eso sí que se puede escribir, sobre eso o sobre los sueños. Vida no, que no me queda. ¿Pero sobre qué escribo? ¡Si ya está inventado todo! Ya estoy harto. No voy a añadir nada nuevo, sólo a dar vueltas y más vueltas sobre los mismos temas de la humanidad. Amor y vida; odio y muerte. Libido, thanatos. Nada nuevo.

He perdido el hilo. Ya no sé ni en qué estaba pensando. En nada, probablemente. ¿Qué hago aquí encerrado? ¿Qué hago en esta habitación cerrada a cal y canto, sin escribir y pudriéndome de odio? Es absurdo. También es cierto que la vida parece recrearse en el absurdo, todo depende del cristal con que se mire. El mío, concretamente, es uno ciego. Ciego, sordo, mudo y sin imaginación. Sin tacto o gusto. Sin nada sobre lo que escribir. Un cristal opaco; cuatro cristales; cuatro sólidas paredes y ninguna ventana, sólo un escritorio, una silla, algunos folios y un lápiz. Ojalá tuviera mi pluma, ella sí que ha escrito grandes cosas, no yo. Me duele la espalda de estar sentado, y las piernas, tengo todo el cuerpo entumecido. Es curioso que sienta este cansancio de no hacer nada; no hay nada que fatigue más que el estatismo. Me duelen las manos de no escribir. La cabeza no me duele, por el zumbido que no cesa, no por otra cosa. La verdad, me relaja bastante, tal vez porque es lo único en mí que no está vacío todavía. Por eso no entiendo por qué demonios no puedo sacar nada en claro, ¡si estoy deseando hacerlo! ¿Qué me frena? Es como si faltara una conexión entre mi cerebro y mis manos, como si hubiera una barrera infranqueable que separara mi inconsciente de lo externo, una especie de emulsionante que no deja que mis ideas tomen forma y me abandonen. Quiero desprenderme de ellas, aquí dentro no me sirven de nada. Pesan demasiado, y necesito soltar lastre. No podré emerger hasta que no me libere de este bloque de cemento atado a mis tobillos. Siento cómo me hundo y me hundo, y la presión aumenta, pero las corrientes siguen atravesándome, sin forma definida ni consistencia, sin arrastrarme porque el bloque pesa demasiado. ¡Malditas, llevadme con vosotras! Pero hasta las corrientes se acaban, como se acabaron las olas. Sólo espero que cuando toque fondo haya un cráter marino que me haga alcanzar la superficie... un big-bang, nacimiento, explosión desde la nada absoluta, resurrección, una salida precipitada del ojo del huracán a la epidermis. Y de ahí, al mundo. Afuera de estas cuatro paredes, yo sólo quiero eso. 

Tal vez sea por mi historia. Otros escritores (los escritores) tienen un pasado que contar, algo distintivo. Yo no tengo más que odio, esa es mi historia: Historia de un Odio. Mi infancia pasó sin novedad; mi adolescencia, tranquila; mi juventud, exenta de mérito; mi adultez, insustancial, y así hasta ahora. Echo la vista atrás y no veo nada, todo está empañado por ese sentimiento, ese sentimiento que es como un velo negrísimo y urticante, un hormiguero de ponzoña. No veo cómo empieza, ni cuándo, ni por qué, simplemente sé que está ahí, como algo que fue gestándose y quedó enquistado para siempre. Siempre he sido como un fantasma, un hueco vacío, sólo podía mirárseme a través de un cristal opaco, de visión unilateral al principio, de dentro a afuera, que poco a poco fue ennegreciendo su cara útil por culpa del humo tóxico con que lo ensuciaba. Ahora mirar a los demás es ver ese humo. Ahora mirar a los demás es ver ese humo. Adopta formas indefinidas, como las corrientes, solo que volátiles y escurridizas, sin fuerza, soy humo negro en un mar de corrientes. Humo en una humareda. Ahora mirar a los demás es ver ese humo. Volátil, indefinido e ingrávido: partículas estáticas que no se mueven más que con enormes esfuerzos por mi parte. Tal vez haya otra forma, pero no tengo imaginación. Ahora mirar a los demás es... un hueco vacío. Tal vez sea por mi historia. No tengo un pasado destacable, de eso estoy seguro, ni una personalidad distintiva. No he sido maltratado, ni rebelde, siempre he vivido encapsulado en las comodidades de mi vida burguesa. Siempre he tenido miedo de lo desconocido, y aunque me atrajera con la fuerza de mil mareas, mi pánico eran mil y una. La desconfianza lleva a la indiferencia, y la indiferencia es no posicionarse, es decir, ir del lado de la injusticia. Y la injusticia es cómoda, indiferente, todo encaja. Es ahí donde me sitúo, fantasma incorpóreo, estatua indiferente. Lo establecido fue todo lo que conocí, y allí todo está escrito, ¿qué demonios voy a añadir yo entonces? Sólo soy un cuerpo apagado más en el firmamento. Hay escritores que son estrellas fugaces, de vida corta, que rasgan el cielo con toda la fuerza de su ímpetu y se prenden a sí mismos, con tal pasión autodestructiva que marcan por siempre la memoria. Hay otros que crean constelaciones, que aparecen en el lugar y momento apropiados, tienen un brillo especial y saben compartirlo con otros afines, formando una generación; la constelación del 27, la constelación beat... ya me entiende. Luego hay otros que son planetas, que tienen su marco, su órbita, geografía y tiempo, y relucen tal vez de forma más apagada pero constante, sabia, sin intermitencias, con todo tipo de tamaños y colores; los hay gaseosos y desprendidos, aparentemente indescifrables, y los hay rocosos, regios, sosegados, templados de espíritu y carácter; de luz azulada y benévola, o bombas de fuego rojo atestadas de tormentas, provocativas, pero no por ello más ignorantes. Hay escritores menores, que son las estrellas que titilan y que a veces, muy de vez en cuando, sueltan una chispa más grande que otra y después vuelven a su intermitencia, y grandísimos genios que quedan como astros gigantes, luces de referencia para todos los sistemas del firmamento. Y yo... Yo soy un mero satélite exterior, un satélite rodeado de basura espacial. Demasiado insignificante como para ser mencionado, con demasiadas ínfulas como para no distinguirme de la basura. Odio a los grandes por ser demasiado grandes, y odio a la basura por ser basura. Me odio a mí mismo por no dejar de rotar. Si pudiera, saldría de mi órbita, inmolándome para al menos llegar a alguien con mi llama. La idea de evolucionar hasta planeta está lejos de mis posibilidades. El problema es que no tengo imaginación.

Y ya está, no hay más que decir. Por eso estoy encerrado. Quiero escribir y no puedo. Necesito escribir y no puedo, no puedo, no puedo. Estoy vacío. Miento. Estoy lleno de ideas, pero no consigo darles forma. Necesito algo que pueda expresarse rápido, directo, algo sincero y sin maquillajes, pero eso es imposible. No hay mayor mentiroso que un escritor; tampoco hay mentiras más llenas de verdad. Todo es incierto y misterioso, nunca sabes a qué atenerte. Un escritor es un dispensador descontrolado de verdades a medias, descarado en sus mentiras e indirecto en sus evidencias. Tal vez por eso yo no pueda serlo, nunca se me dio bien mentir. Mis mentiras están siempre plagadas de verdades transparentes como el agua, tanto que ni siquiera deberían considerarse mentiras. Así es como me han enseñado a ser. Como todos, soy esclavo de mi socialización. Qué pena que mi socialización no haya sido otra, una más interesante, una que, aparte de odio, me hubiera dado alguna historia que contar, la que fuera, con tal de que sea interesante. ¿Y qué lo es? Los sabios se vuelven interesantes una vez son iluminados, a nadie le importa cómo llegan a esa iluminación a menos que también quiera convertirse en sabio, y aún así a esa persona le importa el camino, y no el sabio en sí, el sabio en sí sólo le importa en tanto que símbolo de que ese camino es posible. ¿Qué otra forma hay de volverse interesante? El camino contrario. El camino contrario a la virtud, que acaba por convertirte en sabio de los renegados. Los que se quedan en el camino pueden tener un cierto interés dependiendo de lo cerca que estén del estado de sabiduría, ya sea blasfemo o virtuoso, pero nada más. Si no puedes alcanzar la virtud, al menos vuélvete un heraldo del vicio. Sólo si quieres ser interesante, claro, en la mediocridad no hay ningún interés. Yo me quedé en el camino, está claro. ¿Hacia dónde? Ni yo mismo lo sé. Por ahí vago, errático, como mis pensamientos en nebulosa, como basura espacial con ínfulas de estrella.

¿Y mi odio? ¿De dónde viene entonces? De mí mismo, ¿de dónde si no? Piense un poco antes de hablar, que no estoy para preguntas absurdas. ¿Ah, que cómo se gestó? ¿No había una pregunta un poco más fácil? ... Bien, supongo que fue como una bola de nieve (nieve como la de los folios, sí, tan blanca que sólo parece expresar el mayor de los vacíos. Fíjese, siempre tildando al negro de ser el color del vacío cuando para mí es lo único que aporta un soplo de vida al yermo helado que son mis folios sin escribir, porque obviamente siempre escribo en tinta negra, hay que guardar una serie de tradiciones, engañar a la psique, crearse unos rituales absurdos como símil de los distintivos que no tengo; es lo único que me separa de la basura: las ínfulas, ya lo expliqué. Dichosa palabra, suena a algo así como irregularidades gástricas, posee una eufonía malévola. Pero ya va siendo hora de cerrar este paréntesis, que ya he divagado bastante y ahora me va a tocar reexponer la última palabra antes del mismo para que usted recuerde un poco de qué estábamos hablando: son los vericuetos de la literatura), una bola de nieve (¿lo ve?: Literatura) rodando por una cuesta empinada, cada vez más grande, más fría, y su impacto cada vez más doloroso, algo así como la piedra de Sísifo pero a la inversa: nunca parece llegar abajo del todo. ¿Su origen? Incierto. En el pico de la montaña supongo, como los ríos, que nacen a la inversa. Supongo que todo apareció de la mano del egoísmo, de todo eso que fui aprendiendo. Supongo. La creencia de ser superior e inferior a todo el mundo a la vez, de esa dicotomía, de esas fuerzas enfrentadas comenzó a surgir mi odio. Nieve en la montaña; una chispa en el prado. Y que la gravedad y los vientos hagan gala de su poder destructivo. Por mi parte, me contento con odiar. Ya ni siquiera sé qué es ese sentimiento, no lo identifico, es como una nebulosa incierta que gira a mi alrededor y que tampoco consigo sacar afuera. Vaya, ¿les suena de algo esta metáfora? Al final todo viene a ser lo mismo: pulsiones del alma. ¿Qué alma? ¡Venga, hombre, con esas vamos a estar ahora! Ya sabe a qué me refiero. Las metáforas son lo única forma que me queda ya de expresar algo, las últimas gotas de lluvia en este desierto yermo. ¿Lo ve? ¡Más metáforas! ¡Bienvenidas sean, pues ellas habrán de conducirme al abismo! Al abismo blanco, claro, a ver si consigo llenarlo de alguna forma. Aunque sea con mi sangre. Aunque sea ardiendo. Odio... todo conduce al mismo punto, está claro. Yo expulso el odio, y yo soy el blanco de mi odio (blanco, europeo, de clase media, ¿van entendiendo adónde quiero llegar?), y de ahí se proyecta al exterior, a los demás. El odio a los demás no es más que una consecuencia, una proyección del odio a uno mismo. Los demás no tienen culpa, no son más que daños colaterales, espejos del alma. Y como tal, devuelven la proyección. De pupila a pupila: ojo por ojo, eso es. Y con cada intercambio, el sentimiento se retroalimenta, crece cada vez que es reflejado, arrastrando en cada transporte nuevas partículas que hacen que la bola de nieve crezca y crezca. La consecuencia: yo mismo. ¿Ya va quedándole un poco más claro su origen, su historia; mi historia: Historia de un Odio? Me alegro. Y a la vez, le odio. Lo siento, si ha entendido bien lo que acabo de explicar, entenderá también la persistencia de esta emoción que me corroe. Claro que son todo errores de planteamiento, de eso no me cabe la menor duda. Si me planteara las cosas de otra forma no odiaría, pero ya no es posible. Tal vez lo sea pero, mire, no quiero. Estoy contento con mi odio. Bueno, no, no lo estoy. Este odio es el que me está corroyendo. Por su culpa no puedo escribir. ¡Por su maldita culpa, por este odio maldito, este odio blanco que no consigo canalizar! ¡¡Lo odio, odio al odio!! ¡Si al menos hubiera alguna manera de parar su avance, si se me ocurriera algo, alguna forma...! Oh, claro, adivinen qué es lo que me falta.

Me desespero. Las horas pasan, cae la noche y no he comido nada en todo el día. Los folios siguen blancos, y mi mente, seca. Me duelen las manos de no escribir. La cabeza no, porque el zumbido sigue. La habitación se mantiene hermética; las paredes, unos milímetros más gruesas, y el lápiz afilado, certero... y expectante. Ya he dicho todo lo que tenía que decir por hoy, ¿qué más quiere saber? Sigo podrido del mismo odio, cubierto por los mismos gusanos, unos milímetros mejor alimentados. Nada nuevo que añadir: me falta imaginación, la puerta que separa mis ideas de su resolución sigue cerrada, cerrada a cal y canto. Y al otro lado, arena. ¿Dónde? Ojalá pudiera saberlo. La cabeza me da vueltas, probablemente me desmaye en breve. De sueño o derrota, qué más da. Tal vez de muerte. Vida no, que no me queda. Y de todas formas, a quién le importa. Esta conversación ya me aburre, ¿podríamos cambiar de tema? Gracias.  

jueves, 23 de junio de 2016

La mina

A Xirin, por su música.

El pico golpea la roca. Gotas de sudor se derraman sobre la ceniza. En el ocaso de hoy, el carbón va a teñirse de sangre.

El pico deja de golpear; por unos instantes se hace el silencio. A lo lejos, comienza a percibirse el monótono sonido de una carreta que avanza pesadamente, y el sordo respirar de un asno fatigado. El semblante grave de los guardias que lo acompañan se torna inexpugnable, sus rígidos cuerpos ahogan a los caballos que cargan su peso. Sus rostros son máscaras de cera, y los ojos, tan pequeños, cristales opacos que ahogan la luz. A lo lejos, montañas inmensas, y enfrente la entrada al infierno. Los faroles encendidos, pues ya empieza a oscurecer; el sol se pone tras la cordillera; las sombras comienzan a mancharlo todo.

Los esqueléticos moradores del osario aguardan a la salida. Sus cuerpos parecen estar hechos de ramas secas, apenas pueden cargar sus herramientas al hombro. Tan pesado el pico, y tan ligera la conciencia. Su voluntad ha sido eliminada, ahora no son más que esclavos del hambre. No sienten remordimientos, pues no queda carne que morder, sólo hueso famélico y cansado. El trabajo les ha deshumanizado, les ha robado las fuerzas, convirtiéndolos en máquinas serviles, autómatas con el pan como único objetivo. 

Por ello no se inmutan cuando los guardias sacan una pequeña figura del carro, tan esquelética y sucia como aquellos que se supone ha de salvar del desastre. 

Su cuerpecillo se contrae de terror, pues sabe lo que le espera. Sus ojos rebosan tanta vida como miedo, son dos piedras encendidas a punto de estallar, y su cuerpo tiembla con violencia. Le obligan a andar a punta de pistola, pero apenas puede mantenerse en pie. Sus pasos trastabillan, da con las rodillas en el camino. Los guardias lo levantan a la fuerza y él les mira suplicante, pero las pupilas de sus captores no admiten reflejo. La suciedad de su rostro se contrae en una mueca de congoja, pero no hay lágrima que lo bañe, ni grito que lo libere, pues es bien consciente de su servidumbre. Es el cielo el único que vierte lágrimas esporádicas sobre la escena, pero, como el niño, tan tiznado está que no consigue más que embarrar su agonía. 

Atraviesa la entrada dejando atrás a los mineros, ya demasiado asustado como para pedir explicación. Lo único que sabe es que ha de avanzar, si no quiere recibir un disparo. ¡Ah, pobre criatura, si supieras el destino que te aguarda mil veces preferirías darte la vuelta, y recibir como bendición la inmediatez del plomo, en vez de la tortura estéril de los gases! ¡Infeliz, cuán condenatorio es tu sufrimiento! Y es que el juego es bien sencillo: si llegas hasta el final, y sales con vida, significará que la mina es segura y puede continuarse el trabajo. Si por el contrario, mueres, habrá que clausurarla. Pero visto el aspecto de los trabajadores, la suerte parece estar echada. Es sólo por asegurarse. ¿A quién importa tu vida, si está destinada a servir a un fin tan noble como el progreso? Entre tú y la industria, pequeña, pequeñísima criatura, no hay elección posible: tu mísera existencia ha de servir al capital.

Avanza. En sus manos temblorosas sostiene un pesado candil que amenaza con apagarse, por lo que ha de ser cuidadoso. Ya nada se escucha más allá de sus pies desnudos sobre el polvo que vela a la roca madre.  Aquí y allá encuentra herramientas y artefactos de aspecto amenazador. No se detiene a mirarlos, pues sabe que lo único que se espera de él es que camine. El terreno es resbaladizo a causa de la arena, y sus suspiros ya empiezan a sonar roncos y pesados. Avanza tropezándose, pero no suelta el candil, aún cuando las pequeñas rocas se resbalan como una broma cruel bajo sus pasos. Avanza y avanza, sintiendo fallar sus fuerzas y cómo la cabeza va pesándole, cada vez más embotada, cada vez más mareado; pero aun así sigue caminando, cada vez más consciente de que él mismo se ha adentrado en las fauces de su tumba. Quiere pararse a descansar, pero prosigue, pues sabe que un solo instante de flaqueza puede ser fatal. Todo es una monótona y oscura escala de grises. Se adentra entre las galerías sin saber si avanza o retrocede, colándose por grutas estrechas por las que apenas cabe su cuerpo. No cree que pueda volver, pero no piensa en ello ahora: él sólo debe caminar. Las paredes le oprimen. Tan pequeño como es y a veces tiene que andar agachado. Tan sólo el sordo silencio de la oscuridad le acompaña, aunque a veces cree escuchar un pequeño chisporroteo, como si pequeñas burbujas crepitaran en la roca. Tiembla de frío, pero se choca con los muros, que no permiten más que un movimiento de avance suave y calculado. Las entradas van haciéndose más y más estrechas, tanto que ya casi no puede abrirse paso. Pero no puede parar, no puede permitírselo: un solo tropiezo y todo habrá acabado. Sus oídos hace mucho que están totalmente taponados; sus rodillas, ensangrentadas, y sus manos llenas de arañazos. Un sordo pitido resuena en su cabeza. Sus sienes palpitan. Los movimientos van haciéndose pesados, fantasmagóricos, irreales. Ya no siente la roca bajo sus pasos, ni los filos puntiagudos rasgándole los dedos. La oquedad se empequeñece, casi no puede avanzar. Su ronco respirar resuena exhausto y, derrotado, acaba por derrumbar sus rodillas en la tierra.


Las rocas siguen crepitando; el silencio no llega a ser total. El candil conserva una débil llama. En su cabeza, un murmullo aún se escucha. El niño se pone en pie lentamente. Retrocede poco a poco por las galerías, hasta llegar a una amplia sala. El eco de sus pisadas rebota en las paredes y se pierde por una de las muchas entradas que la alimentan. Una vez en el centro de la habitación, la llama abandona el candil, que por siempre quedará silenciado. El fuego aumenta de tamaño progresivamente, mas no en intensidad, y poco a poco va transformándose, alargándose y definiendo una figura. Acaba por adoptar una apariencia antropomórfica de pequeño tamaño, que se sitúa enfrente del niño y le observa con ojos espectrales. Ambos, humano y llama, son idénticos en aspecto, solo que uno de ellos tiene un brillo fatuo, y el otro las mejillas tiznadas de carbón. La figura resplandeciente mueve los labios:

»No te asustes, dulce niño, pues ya nada puede hacerte daño. Ahora estás muerto. Puede que no lo creas, pero así es. La libertad que sientes es prueba de ello.

»Aun así, tu misión aquí no ha acabado. Todavía hay algo que debes hacer. Luego de esto, para ti ya todo será paz.

»Fuiste asesinado, pequeña criatura. No debías estar aquí, no era eso para lo que habías nacido. Tu destino era ser uno más en el mundo: alguien que tal vez hiciera grandes cosas, o tal vez muriera pronto, eso ya te correspondía a ti. Habías de vivir para comprobarlo. No estabas pensado para sufrir circunstancias tan injustas; ni siquiera has tenido tiempo de merecerlas. Por ello has de salir y morir en libertad. Otro ha de ser quien lleve el peso de tus cadenas. 

»Tranquilo, ningún inocente será condenado. Tan sólo los responsables tendrán lo que han cosechado de vuelta. Lo tendrán en mayor o menor medida, pues todos son cómplices del sistema que te condujo a la tumba, pero no idéntica su responsabilidad.

»Saldrás de esta mina y, una vez fuera, todos creerán que sigues vivo. Después, irás a un lago a morir. Tu cuerpo se hundirá, y las aguas sanarán tu sufrimiento. Las consecuencias de este engaño no puedo detallártelas, pues será un proceso lento y complejo que tardará siglos en completarse, a fin de que cada uno reciba su justa parte del trato.

»Ahora he de despedirme. No temas, te guiaré. ¡Camina, dulce niño, pues tu viaje pronto habrá acabado! 

Dicho esto, la luz fue perdiendo consistencia, hasta ser una neblina que lentamente se introducía en la boca del niño, llenando sus ojos de luz como un manantial vivificante.

Y así, el niño salió de la mina. Los guardias dieron el visto bueno, pero, cuando fueron a apresarlo, se dieron cuenta de que ya no estaba allí. Él siguió caminando lentamente hacia el lago designado, como lentamente fue introduciéndose en el agua. La brisa de las montañas agitó sus cabellos hasta que, una vez sumergidos, su cuerpo quedó en suspensión, inmóvil, hundiéndose lentamente, llenando de ceniza las aguas tan claras, ceniza que fue esparciéndose hasta romper como olas en la orilla. El fuego de sus ojos se había apagado. No sentía ya más que libertad.

miércoles, 8 de junio de 2016

A Panero


Nutriremos como hijo al excremento,
y yaceremos bajo el veneno de las sierpes;
que donde la locura duerme,
duerme silenciado
quien sobre las bocas de todos
                                                   excreta.

Ah, este hombre que pelea contra las águilas,
que hasta el fin postrero de sus días,
el fin del poema,
seguirá, el hombre, contra el águila batallando.
Qué será del pobre hombre.

Así se fundó la calle de lo insano,
la dirección del traficante del opio, Dionisos
es su nombre, no podía ser otro;
y su hijo, el del dios, inmolado,
nos mostró su teorema aberrante

con el plagio de los maestros, el más oscuro,
con el tarot inconsciente de lo insano, como la calle,
con la piedra negra que talla
 el más heroico de los orfebres.

El impostor que derramó su propia sangre
en el último río,
sangre que perdurará en los anales (llenos de flores)
mientras él sigue, incansable:

el último hombre
persiguiendo los ciervos
hasta el fin de la página.