A Xirin, por su música.
El pico golpea la roca. Gotas de sudor se derraman sobre la ceniza. En el ocaso de hoy, el carbón va a teñirse de sangre.
El pico deja de golpear; por unos instantes se hace el silencio. A lo lejos, comienza a percibirse el monótono sonido de una carreta que avanza pesadamente, y el sordo respirar de un asno fatigado. El semblante grave de los guardias que lo acompañan se torna inexpugnable, sus rígidos cuerpos ahogan a los caballos que cargan su peso. Sus rostros son máscaras de cera, y los ojos, tan pequeños, cristales opacos que ahogan la luz. A lo lejos, montañas inmensas, y enfrente la entrada al infierno. Los faroles encendidos, pues ya empieza a oscurecer; el sol se pone tras la cordillera; las sombras comienzan a mancharlo todo.
Los esqueléticos moradores del osario aguardan a la salida. Sus cuerpos parecen estar hechos de ramas secas, apenas pueden cargar sus herramientas al hombro. Tan pesado el pico, y tan ligera la conciencia. Su voluntad ha sido eliminada, ahora no son más que esclavos del hambre. No sienten remordimientos, pues no queda carne que morder, sólo hueso famélico y cansado. El trabajo les ha deshumanizado, les ha robado las fuerzas, convirtiéndolos en máquinas serviles, autómatas con el pan como único objetivo.
Por ello no se inmutan cuando los guardias sacan una pequeña figura del carro, tan esquelética y sucia como aquellos que se supone ha de salvar del desastre.
Su cuerpecillo se contrae de terror, pues sabe lo que le espera. Sus ojos rebosan tanta vida como miedo, son dos piedras encendidas a punto de estallar, y su cuerpo tiembla con violencia. Le obligan a andar a punta de pistola, pero apenas puede mantenerse en pie. Sus pasos trastabillan, da con las rodillas en el camino. Los guardias lo levantan a la fuerza y él les mira suplicante, pero las pupilas de sus captores no admiten reflejo. La suciedad de su rostro se contrae en una mueca de congoja, pero no hay lágrima que lo bañe, ni grito que lo libere, pues es bien consciente de su servidumbre. Es el cielo el único que vierte lágrimas esporádicas sobre la escena, pero, como el niño, tan tiznado está que no consigue más que embarrar su agonía.
Atraviesa la entrada dejando atrás a los mineros, ya demasiado asustado como para pedir explicación. Lo único que sabe es que ha de avanzar, si no quiere recibir un disparo. ¡Ah, pobre criatura, si supieras el destino que te aguarda mil veces preferirías darte la vuelta, y recibir como bendición la inmediatez del plomo, en vez de la tortura estéril de los gases! ¡Infeliz, cuán condenatorio es tu sufrimiento! Y es que el juego es bien sencillo: si llegas hasta el final, y sales con vida, significará que la mina es segura y puede continuarse el trabajo. Si por el contrario, mueres, habrá que clausurarla. Pero visto el aspecto de los trabajadores, la suerte parece estar echada. Es sólo por asegurarse. ¿A quién importa tu vida, si está destinada a servir a un fin tan noble como el progreso? Entre tú y la industria, pequeña, pequeñísima criatura, no hay elección posible: tu mísera existencia ha de servir al capital.
Avanza. En sus manos temblorosas sostiene un pesado candil que amenaza con apagarse, por lo que ha de ser cuidadoso. Ya nada se escucha más allá de sus pies desnudos sobre el polvo que vela a la roca madre. Aquí y allá encuentra herramientas y artefactos de aspecto amenazador. No se detiene a mirarlos, pues sabe que lo único que se espera de él es que camine. El terreno es resbaladizo a causa de la arena, y sus suspiros ya empiezan a sonar roncos y pesados. Avanza tropezándose, pero no suelta el candil, aún cuando las pequeñas rocas se resbalan como una broma cruel bajo sus pasos. Avanza y avanza, sintiendo fallar sus fuerzas y cómo la cabeza va pesándole, cada vez más embotada, cada vez más mareado; pero aun así sigue caminando, cada vez más consciente de que él mismo se ha adentrado en las fauces de su tumba. Quiere pararse a descansar, pero prosigue, pues sabe que un solo instante de flaqueza puede ser fatal. Todo es una monótona y oscura escala de grises. Se adentra entre las galerías sin saber si avanza o retrocede, colándose por grutas estrechas por las que apenas cabe su cuerpo. No cree que pueda volver, pero no piensa en ello ahora: él sólo debe caminar. Las paredes le oprimen. Tan pequeño como es y a veces tiene que andar agachado. Tan sólo el sordo silencio de la oscuridad le acompaña, aunque a veces cree escuchar un pequeño chisporroteo, como si pequeñas burbujas crepitaran en la roca. Tiembla de frío, pero se choca con los muros, que no permiten más que un movimiento de avance suave y calculado. Las entradas van haciéndose más y más estrechas, tanto que ya casi no puede abrirse paso. Pero no puede parar, no puede permitírselo: un solo tropiezo y todo habrá acabado. Sus oídos hace mucho que están totalmente taponados; sus rodillas, ensangrentadas, y sus manos llenas de arañazos. Un sordo pitido resuena en su cabeza. Sus sienes palpitan. Los movimientos van haciéndose pesados, fantasmagóricos, irreales. Ya no siente la roca bajo sus pasos, ni los filos puntiagudos rasgándole los dedos. La oquedad se empequeñece, casi no puede avanzar. Su ronco respirar resuena exhausto y, derrotado, acaba por derrumbar sus rodillas en la tierra.
Las rocas siguen crepitando; el silencio no llega a ser total. El candil conserva una débil llama. En su cabeza, un murmullo aún se escucha. El niño se pone en pie lentamente. Retrocede poco a poco por las galerías, hasta llegar a una amplia sala. El eco de sus pisadas rebota en las paredes y se pierde por una de las muchas entradas que la alimentan. Una vez en el centro de la habitación, la llama abandona el candil, que por siempre quedará silenciado. El fuego aumenta de tamaño progresivamente, mas no en intensidad, y poco a poco va transformándose, alargándose y definiendo una figura. Acaba por adoptar una apariencia antropomórfica de pequeño tamaño, que se sitúa enfrente del niño y le observa con ojos espectrales. Ambos, humano y llama, son idénticos en aspecto, solo que uno de ellos tiene un brillo fatuo, y el otro las mejillas tiznadas de carbón. La figura resplandeciente mueve los labios:
»No te asustes, dulce niño, pues ya nada puede hacerte daño. Ahora estás muerto. Puede que no lo creas, pero así es. La libertad que sientes es prueba de ello.
»Aun así, tu misión aquí no ha acabado. Todavía hay algo que debes hacer. Luego de esto, para ti ya todo será paz.
»Fuiste asesinado, pequeña criatura. No debías estar aquí, no era eso para lo que habías nacido. Tu destino era ser uno más en el mundo: alguien que tal vez hiciera grandes cosas, o tal vez muriera pronto, eso ya te correspondía a ti. Habías de vivir para comprobarlo. No estabas pensado para sufrir circunstancias tan injustas; ni siquiera has tenido tiempo de merecerlas. Por ello has de salir y morir en libertad. Otro ha de ser quien lleve el peso de tus cadenas.
»Tranquilo, ningún inocente será condenado. Tan sólo los responsables tendrán lo que han cosechado de vuelta. Lo tendrán en mayor o menor medida, pues todos son cómplices del sistema que te condujo a la tumba, pero no idéntica su responsabilidad.
»Saldrás de esta mina y, una vez fuera, todos creerán que sigues vivo. Después, irás a un lago a morir. Tu cuerpo se hundirá, y las aguas sanarán tu sufrimiento. Las consecuencias de este engaño no puedo detallártelas, pues será un proceso lento y complejo que tardará siglos en completarse, a fin de que cada uno reciba su justa parte del trato.
»Ahora he de despedirme. No temas, te guiaré. ¡Camina, dulce niño, pues tu viaje pronto habrá acabado!
Dicho esto, la luz fue perdiendo consistencia, hasta ser una neblina que lentamente se introducía en la boca del niño, llenando sus ojos de luz como un manantial vivificante.
Y así, el niño salió de la mina. Los guardias dieron el visto bueno, pero, cuando fueron a apresarlo, se dieron cuenta de que ya no estaba allí. Él siguió caminando lentamente hacia el lago designado, como lentamente fue introduciéndose en el agua. La brisa de las montañas agitó sus cabellos hasta que, una vez sumergidos, su cuerpo quedó en suspensión, inmóvil, hundiéndose lentamente, llenando de ceniza las aguas tan claras, ceniza que fue esparciéndose hasta romper como olas en la orilla. El fuego de sus ojos se había apagado. No sentía ya más que libertad.
El pico deja de golpear; por unos instantes se hace el silencio. A lo lejos, comienza a percibirse el monótono sonido de una carreta que avanza pesadamente, y el sordo respirar de un asno fatigado. El semblante grave de los guardias que lo acompañan se torna inexpugnable, sus rígidos cuerpos ahogan a los caballos que cargan su peso. Sus rostros son máscaras de cera, y los ojos, tan pequeños, cristales opacos que ahogan la luz. A lo lejos, montañas inmensas, y enfrente la entrada al infierno. Los faroles encendidos, pues ya empieza a oscurecer; el sol se pone tras la cordillera; las sombras comienzan a mancharlo todo.
Los esqueléticos moradores del osario aguardan a la salida. Sus cuerpos parecen estar hechos de ramas secas, apenas pueden cargar sus herramientas al hombro. Tan pesado el pico, y tan ligera la conciencia. Su voluntad ha sido eliminada, ahora no son más que esclavos del hambre. No sienten remordimientos, pues no queda carne que morder, sólo hueso famélico y cansado. El trabajo les ha deshumanizado, les ha robado las fuerzas, convirtiéndolos en máquinas serviles, autómatas con el pan como único objetivo.
Por ello no se inmutan cuando los guardias sacan una pequeña figura del carro, tan esquelética y sucia como aquellos que se supone ha de salvar del desastre.
Su cuerpecillo se contrae de terror, pues sabe lo que le espera. Sus ojos rebosan tanta vida como miedo, son dos piedras encendidas a punto de estallar, y su cuerpo tiembla con violencia. Le obligan a andar a punta de pistola, pero apenas puede mantenerse en pie. Sus pasos trastabillan, da con las rodillas en el camino. Los guardias lo levantan a la fuerza y él les mira suplicante, pero las pupilas de sus captores no admiten reflejo. La suciedad de su rostro se contrae en una mueca de congoja, pero no hay lágrima que lo bañe, ni grito que lo libere, pues es bien consciente de su servidumbre. Es el cielo el único que vierte lágrimas esporádicas sobre la escena, pero, como el niño, tan tiznado está que no consigue más que embarrar su agonía.
Atraviesa la entrada dejando atrás a los mineros, ya demasiado asustado como para pedir explicación. Lo único que sabe es que ha de avanzar, si no quiere recibir un disparo. ¡Ah, pobre criatura, si supieras el destino que te aguarda mil veces preferirías darte la vuelta, y recibir como bendición la inmediatez del plomo, en vez de la tortura estéril de los gases! ¡Infeliz, cuán condenatorio es tu sufrimiento! Y es que el juego es bien sencillo: si llegas hasta el final, y sales con vida, significará que la mina es segura y puede continuarse el trabajo. Si por el contrario, mueres, habrá que clausurarla. Pero visto el aspecto de los trabajadores, la suerte parece estar echada. Es sólo por asegurarse. ¿A quién importa tu vida, si está destinada a servir a un fin tan noble como el progreso? Entre tú y la industria, pequeña, pequeñísima criatura, no hay elección posible: tu mísera existencia ha de servir al capital.
Avanza. En sus manos temblorosas sostiene un pesado candil que amenaza con apagarse, por lo que ha de ser cuidadoso. Ya nada se escucha más allá de sus pies desnudos sobre el polvo que vela a la roca madre. Aquí y allá encuentra herramientas y artefactos de aspecto amenazador. No se detiene a mirarlos, pues sabe que lo único que se espera de él es que camine. El terreno es resbaladizo a causa de la arena, y sus suspiros ya empiezan a sonar roncos y pesados. Avanza tropezándose, pero no suelta el candil, aún cuando las pequeñas rocas se resbalan como una broma cruel bajo sus pasos. Avanza y avanza, sintiendo fallar sus fuerzas y cómo la cabeza va pesándole, cada vez más embotada, cada vez más mareado; pero aun así sigue caminando, cada vez más consciente de que él mismo se ha adentrado en las fauces de su tumba. Quiere pararse a descansar, pero prosigue, pues sabe que un solo instante de flaqueza puede ser fatal. Todo es una monótona y oscura escala de grises. Se adentra entre las galerías sin saber si avanza o retrocede, colándose por grutas estrechas por las que apenas cabe su cuerpo. No cree que pueda volver, pero no piensa en ello ahora: él sólo debe caminar. Las paredes le oprimen. Tan pequeño como es y a veces tiene que andar agachado. Tan sólo el sordo silencio de la oscuridad le acompaña, aunque a veces cree escuchar un pequeño chisporroteo, como si pequeñas burbujas crepitaran en la roca. Tiembla de frío, pero se choca con los muros, que no permiten más que un movimiento de avance suave y calculado. Las entradas van haciéndose más y más estrechas, tanto que ya casi no puede abrirse paso. Pero no puede parar, no puede permitírselo: un solo tropiezo y todo habrá acabado. Sus oídos hace mucho que están totalmente taponados; sus rodillas, ensangrentadas, y sus manos llenas de arañazos. Un sordo pitido resuena en su cabeza. Sus sienes palpitan. Los movimientos van haciéndose pesados, fantasmagóricos, irreales. Ya no siente la roca bajo sus pasos, ni los filos puntiagudos rasgándole los dedos. La oquedad se empequeñece, casi no puede avanzar. Su ronco respirar resuena exhausto y, derrotado, acaba por derrumbar sus rodillas en la tierra.
Las rocas siguen crepitando; el silencio no llega a ser total. El candil conserva una débil llama. En su cabeza, un murmullo aún se escucha. El niño se pone en pie lentamente. Retrocede poco a poco por las galerías, hasta llegar a una amplia sala. El eco de sus pisadas rebota en las paredes y se pierde por una de las muchas entradas que la alimentan. Una vez en el centro de la habitación, la llama abandona el candil, que por siempre quedará silenciado. El fuego aumenta de tamaño progresivamente, mas no en intensidad, y poco a poco va transformándose, alargándose y definiendo una figura. Acaba por adoptar una apariencia antropomórfica de pequeño tamaño, que se sitúa enfrente del niño y le observa con ojos espectrales. Ambos, humano y llama, son idénticos en aspecto, solo que uno de ellos tiene un brillo fatuo, y el otro las mejillas tiznadas de carbón. La figura resplandeciente mueve los labios:
»No te asustes, dulce niño, pues ya nada puede hacerte daño. Ahora estás muerto. Puede que no lo creas, pero así es. La libertad que sientes es prueba de ello.
»Aun así, tu misión aquí no ha acabado. Todavía hay algo que debes hacer. Luego de esto, para ti ya todo será paz.
»Fuiste asesinado, pequeña criatura. No debías estar aquí, no era eso para lo que habías nacido. Tu destino era ser uno más en el mundo: alguien que tal vez hiciera grandes cosas, o tal vez muriera pronto, eso ya te correspondía a ti. Habías de vivir para comprobarlo. No estabas pensado para sufrir circunstancias tan injustas; ni siquiera has tenido tiempo de merecerlas. Por ello has de salir y morir en libertad. Otro ha de ser quien lleve el peso de tus cadenas.
»Tranquilo, ningún inocente será condenado. Tan sólo los responsables tendrán lo que han cosechado de vuelta. Lo tendrán en mayor o menor medida, pues todos son cómplices del sistema que te condujo a la tumba, pero no idéntica su responsabilidad.
»Saldrás de esta mina y, una vez fuera, todos creerán que sigues vivo. Después, irás a un lago a morir. Tu cuerpo se hundirá, y las aguas sanarán tu sufrimiento. Las consecuencias de este engaño no puedo detallártelas, pues será un proceso lento y complejo que tardará siglos en completarse, a fin de que cada uno reciba su justa parte del trato.
»Ahora he de despedirme. No temas, te guiaré. ¡Camina, dulce niño, pues tu viaje pronto habrá acabado!
Dicho esto, la luz fue perdiendo consistencia, hasta ser una neblina que lentamente se introducía en la boca del niño, llenando sus ojos de luz como un manantial vivificante.
Y así, el niño salió de la mina. Los guardias dieron el visto bueno, pero, cuando fueron a apresarlo, se dieron cuenta de que ya no estaba allí. Él siguió caminando lentamente hacia el lago designado, como lentamente fue introduciéndose en el agua. La brisa de las montañas agitó sus cabellos hasta que, una vez sumergidos, su cuerpo quedó en suspensión, inmóvil, hundiéndose lentamente, llenando de ceniza las aguas tan claras, ceniza que fue esparciéndose hasta romper como olas en la orilla. El fuego de sus ojos se había apagado. No sentía ya más que libertad.
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