Otra noche más, como
tantas otras. Un viento gélido sopla, puedo oírlo a través del quebradizo
cristal de mi ventana, mi ruinosa ventana; puedo sentirlo a través del finísimo
cristal de mi ventana, mi fría ventana. La farola de la calle parpadea, lanzando
interminables disparos de una cámara de fotos con un flash demasiado potente,
revelador, demasiado intrusivo, como de costumbre. El caso es quejarse.
¿Cuántas personas en mi situación, en un barrio como este, desearían tener una
mísera luz que sustituyera a la cansada Luna, tan lejos allá en el cielo?
Aunque esas personas no están en mi situación, ni en un barrio como este. En
este barrio al menos hay luz, aunque se haya dejado el intermitente puesto.
Tiene suerte la farola, al menos a ella no van a multarle, al menos puede tener
la cabeza bien alta, aunque a veces desfallezca. ¿Quién soy yo para juzgarla?
Mi cerebro no funciona mucho mejor. Al menos ella puede mantenerse en pie.
Mis huesos atontados y
ebrios por un frío que ni el licor barato mitiga, aún en tan grandes cantidades,
se resienten a estar en mi cuerpo, se quejan, no quieren formar el frágil
armazón de esta estructura al borde del colapso. No quieren seguir pudriéndose
tal y como mi interior se pudre, no quieren ser parte de este edificio en
ruinas, de inestables cimientos, este edificio abandonado en el que me he
convertido. Y sus lamentos retumban en la vacuidad de la caverna húmeda y
mohosa que es mi cráneo. Y se topan con una masa informe, reblandecida,
atontada y babeante, se topan con mi cerebro. Y sus quejidos se ahogan, como yo
me ahogo. Y sus llantos se desparraman, y fluyen por la inmensidad del mar de
mis ojos anegados en lágrimas, lágrimas que no se atreven a brotar. Ya es
demasiado tarde para ellas, como lo es para mí. Miro a mi alrededor y suspiro.
Doy otro trago a la
botella. El líquido es cada vez más escaso, al igual que mi razón. Si tan sólo
pudiera escuchar un poco de música…
Me rasco la barriga. No
siento nada más allá de mis uñas arañando una superficie fofa, ebria y peluda.
Me recoloco la ropa
interior desde dentro. Trato de hacerle la existencia más holgada a los
vestigios de carne impotente que cuelgan de mi entrepierna.
Me paso la mano por el
pelo. Pequeños cristales de células nievan, inertes, escapando de entre ese
grasiento campo de maíz encantado que ya comienza a clarear por mi cabeza.
Apoyo los codos en mis
rodillas, y la cara sobre mis puños temblorosos. Mi espalda suelta un chasquido,
recordatorio del ruinoso colchón en el que se ve obligada a postrarse día sí y
noche a veces.
Miro al suelo. Veo una
enorme pelusa. Soplo.
Paseo la mirada por la
habitación. Todo parece estar en orden: paredes desnudas, una bombilla, una
neverita vacía, una niña muerta, un montón de ropa sucia. Está todo, como de
costumbre. Repasemos:
Paredes desnudas,
eternamente de luto, tan sólo ataviadas con su característico velo gris, que
hace estornudar con violencia si uno se atreve a acercarse; una bombilla,
suspendida en el centro de la pequeña habitación, ahorcada con una soga
electrificada y recubierta del mismo veneno grisáceo; una neverita vacía, llena
de hambre y… unas botellas de whisky vacías, llenas de sed; una niña muerta, de
unos ocho años, con la mirada perdida, el pelo rubio, y muy sucio, cayendo
lánguidamente por sus hombros, al igual que la lava que brota del cráter,
burbujeante de sangre y clastos de trocitos de hueso, surgido entre las placas
de su cráneo. La botella me susurra que parece una de esas bolsitas de kétchup
de la hamburguesería de la esquina, una de esas que alguien hubiera aplastado
sin darse cuenta. La pequeña ríe la grotesca broma de la botella. Total, otra
cosa ya no puede hacer. Pero a mí me lanza una mirada vacía. Una mirada
acusadora. Una mirada de desprecio, de asco. Una mirada que expresa la
repugnancia más absoluta. Una mirada de puro terror. Una mirada muerta; un
montón de ropa sucia, sucia como mi conciencia.
¡Deja de mirarme así,
condenada! ¡Déjame en paz!, ¿me oyes? ¡En paz! Qué tontería, no puedes oírme,
jamás pudiste hacerlo. ¡Si me hubieras escuchado la primera vez no estaríamos
en esta situación! No puedo culparte, no debo culparte, pero ya no sé qué más
hacer. ¡Maldita criatura! ¡Tú estás muerta, pero yo voy a volverme loco! ¿Es
eso lo que quieres, privarme del descanso que tú has alcanzado? ¿Por eso vienes
aquí todas las noches? ¿Por eso te
quedas ahí, observándome, con esa mirada, ¡esa maldita mirada!, impidiéndome
descansar de una vez por todas? ¿No crees que ya he tenido suficiente? … Veo
que no, por mucho que te grite vas a seguir ahí, parada, mirándome, riéndote de
mí. Por mucho que te implore no vas a marcharte, desconsiderada, tú que cubres
con sangre todo mi suelo. Las manchas de sangre no se pueden limpiar, ¿no lo
sabías?
Claro que lo sabes. Esa
es tu venganza, ensuciar eternamente mi suelo con tu sangre, una sangre que no
se va con nada. ¿Me has oído? ¡¡Con nada!! ¿Qué más quieres? ¡Ya está manchado!
¿No estás contenta? ¿No tienes lo que querías? ¿¡Por qué demonios sigues
mirándome!? ¡¡PARA!! ¡No quería hacerlo, ¿me oyes?, no era mi intención! ¿Es
que no lo entiendes? ¡Fue un accidente, joder, un maldito accidente! ¿Quién en
su sano juicio iba a querer atropellar a una niñita indefensa? De acuerdo, iba
borracho, no estaba en mi sano juicio, ¡¡PERO TE ATROPELLARÍA CIEN VECES MÁS SI
CON ESO LOGRARA QUE TE FUERAS!!
...
Discúlpame. Perdóname,
por favor. No quería decir eso. Ahora tampoco estoy en mi sano juicio, no lo
estoy desde que vienes a acompañarme por las noches. Ya sé que estás sola; el
Más Allá debe de ser muy solitario para una niña tan pequeña, con toda la vida
por delante y ningún ser querido para esperarla al otro lado. Yo también estoy
solo, ¿sabes? Nadie quiere a un borracho empobrecido, por mucho y muy bien que
en su día escribiera. ¿Quién iba a querer a alguien que ahoga en alcohol sus
penas y su mísero sueldo? Tal vez si durmiera un poco podría rehacer mi vida,
salir a la calle y tratar de enfrentarme al mundo. Tal vez si durmiera podría
volverme de nuevo un ser humano, y no esta inmunda bola de alcohol y
desesperación en la que me estoy convirtiendo. Pero para eso necesito que te
vayas. No puedo dormir si me miras de esa manera. Te lo ruego, márchate.
Prometo no olvidarte nunca, prometo cuidarte tan pronto esté allí contigo, pero
para eso tienes que dejarme dormir. Por lo que más quieras, te lo suplico.
Perdóname…
No vas a hacerlo,
¿verdad? Vas a seguir ahí, hasta que hagas con mi cordura lo mismo que hice con
tu vida. Y además yo, como tonto, seguiré arrastrándome hacia ti para
protegerte una vez muerta, pues aún sentiré que te debo algo. Creeré hasta el
mismo día de mi muerte que cometí un mal imperdonable, un mal que, como la
sangre, no se va con nada. Y hasta entonces seguiré aquí, en esta sucia
habitación. Seguiré aquí, viendo cómo vas destruyéndome cada noche un poco más.
Aquí seguiré, implorándote a gritos que te marches. Y aquí seguirás,
desgarrándome por dentro con tu mirada vacía; tu mirada acusadora; tu mirada
rabiosa; tu mirada aterrorizada. Tu mirada muerta.
Doy otro trago a la
botella, hasta que sólo quedan algunas gotas, que guardo para el día siguiente.
Los relojes siguen parados en la misma hora. Las hojas del calendario siguen
quietas en el mismo día, en la misma noche. La aguja del segundero sigue dando
inútiles vueltas, con su tic-tac enloquecedor, unas vueltas que le hacen nacer
y morir en el mismo punto de siempre, sin un nuevo avance. La luz de la farola
sigue parpadeando, ¿cuándo se supone que esos cabrones del ayuntamiento van a
preocuparse por nosotros? El viento sigue soplando, gélido, acusador, haciendo
estragos en mi pobre y fina ventana.
Otra noche más, como
tantas otras.
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