martes, 29 de diciembre de 2015

Carta II. Eternidad

Para cuando estés leyendo esto yo estaré muerto. Sé que estás asustada, desesperada incluso, pero no temas. Estoy un lugar mejor, colgando del cielo, donde espero en algún momento reunirme contigo. Tranquila, no hay prisa, puedo esperar. Tengo toda una eternidad para esperarte, y si ya te esperé en vida, ¿por qué no habría de hacerlo bajo el cálido amparo de la muerte? Eternamente te he esperado, y eternamente te esperaré, y aún cuando te hayas reunido conmigo te estaré esperando, pues ya sabes que nunca me sentiré suficiente como para que te entregues a mí, como desde que te conocí he soñado. Por mí no tengas miedo, pues estaré bien, ya no me dolerá aguardarte. En el lugar donde estoy, las esperas son una parte más de la rutina, y la rutina nunca acaba, puesto que no existe un tiempo que marque ni transcurra, tan sólo una eternidad, infinita, pura, infranqueable. Antes de morir comprendí que la muerte no es sino otra vida, dado que en vida tampoco existe el tiempo, y todo es eterno, excepto la propia vida. He ahí la diferencia, pues lo destacable que tiene la muerte es precisamente que sí es eterna, y ello te da la madurez necesaria para no sólo comprenderlo, sino aceptarlo como la única verdad de la que podemos estar ciertos y seguros. Pero basta ya, esto es una carta de amor, y no quiero aburrirte con los delirios metafísicos de un difunto, a ti, que todavía estás viva.

Para cuando estés leyendo esto yo ya habré aceptado la muerte, la habré entendido y pasado a formar parte de ella. Aunque no creas que ha sido tan fácil como éstas, mis últimas palabras terrenales, puedan equívocamente dar a entender.

Para cuando estés leyendo esto mucho tiempo habré llevado yo esperándote en vida, tal vez demasiado. Mucho habré sufrido tu silencio y tus negativas, mucho habré llorado tu indiferencia. Muchas cartas te habré mandado para entonces, aunque tal vez ninguna tan sincera como esta. Mucho te habré suplicado, y mucho me habré arrastrado, más de lo que ya habitualmente me arrastro. ¡Ay, amada mía! ¡Cuántas veces habré pensado en acabar mi vida por ti, por tu mirar distante, por tus manos frías y tus pechos de piedra! Porque las huellas que deja la indiferencia, ni el fuego, ni el peso de mil toneladas de tierra, o infinitas noches de lluvia, podrán jamás hacerlas desaparecer. Y por eso la muerte es el único consuelo que me queda, pues al final de esta eternidad no tan eterna te reunirás conmigo, y juntos podremos al fin unirnos en frialdad.

Para cuando estés leyendo esto yo habré caído en un pozo oscuro de desesperación, de profundidad infinita, y me habré hallado envuelto hasta la asfixia en sus negras aguas ponzoñosas. Y tú habrás permanecido en tu habitación, segura en la calma que siempre precedió a mi tempestad, mientras yo seguía ahogándome en toda aquella lluvia. Ni un leve soplo de aire habrá mecido tus cabellos, ni una chispa habrá siquiera osado acercarse a fundir tu hielo. Y yo enajenándome en tu cordura, y debilitándome en tu fortaleza, y perturbándome y corrompiéndome y desgastándome en tu impasibilidad; planeando yacer en una fosa cualquiera, y tú sin salir de tu habitación perfumada.

Para cuando estés leyendo esto yo habré cogido todos mis ahorros y comprado un pequeño panteón, con espacio para dos por si algún día te diera por venir a mi lado, del cual la única llave conocida quedará prendida de mi cuello por una cadena de plata. Y me habré metido en casa, con las puertas abiertas, y escrito mi voluntad de ser sepultado en mi fúnebre propiedad recién adquirida, y tomado un veneno que habrá sido mi guía hasta alcanzar tal destino.

Pero para cuando estés leyendo esto algo habrá pasado, pues yo habré escapado del panteón, y avanzado hasta tu hogar, oculto en las sombras, amparado por la noche y la seguridad de estar ya muerto, y habré escondido entre tus ropas algunos regalos de despedida. ¿No puedes escucharme ahora, entrando por tu ventana, respirando el aroma de tu pelo, admirando tu semidesnudez bañada por la luz mortecina de un cuarto menguante que pronto dejará de brillar?

Sé que notas mi letra algo cambiada, si es que alguna de mis cartas hizo un alto en tus ojos antes de ser devorada por las llamas, pero es normal, pues para cuando estés leyendo esto yo habré llevado ya meses practicando tu caligrafía, dejando así una nota, una única nota, perfumada, pulcramente escrita. Y en esa carta te despedirás de tu familia, y de aquel desgraciado que te visitaba, pues, como bien explicarás, no pudiste soportar mi fallecimiento de tanto como me amabas, de tanto como nos amábamos, y habrás resuelto ir en busca del consuelo que sólo la muerte podría concederte. Habrás ido, seguirás contando, en mi busca, pues antes de morir te di una llave desconocida, la única existente junto a su gemela, la que ahora mismo dormita prendida de mi cuello.

Y es que para cuanto estés leyendo esto el efecto de la droga que deja en un estado similar al de la muerte ya habrá cesado, y yo habré podido huir, como resucitado de entre los verdaderos cadáveres, y secuestrarte, y suministrarte la misma droga, en tu propia habitación, cerca de todos, y a la vez oculta a la propia realidad. Esa realidad será la que conmigo compartas, pues, cuando estés leyendo esto, significará que el efecto de la droga ha expirado y tú estás despierta, tumbada en el mullido ataúd que una vez contuvo un cuerpo que no llegó a expirar del todo, encerrada por siempre en el sepulcro que mandé construir para los dos.

¡Ay, amada mía! ¿Ya has comprendido que, para cuando estés leyendo esto, ya habrás encontrado las cerillas y la vela que guardé entre tus ropajes, y las llamas habrán prendido, y al fin habrás despertado de entre las tinieblas? Exacto, si estás leyendo esto, significa que te has dado cuenta de que yacías justo enfrente de la puerta de este, nuestro panteón, y que, a la luz de la vela, y envuelta en sudores, has descubierto esta carta, pegada a esa puerta de piedra maciza, sellada con un candado de hierro que nunca jamás será abierto. Y es que, ¡sorpresa, cariño! ¡Había una tercera llave, sí, una única llave que permitía abrir el candado que seguro ahora agarras y golpeas con tus manos de cristal! ¿Has comprendido ya que esa llave está enterrada, muy lejos, donde ya nadie pueda encontrarla y perturbar nuestro apacible descanso?


Oh, sí, porque para cuando estés leyendo esto no estarás sola, sino que, si te giras, y acercas un poco la vela, podrás ver mi cadáver ahorcado, colgando de una cuerda en el centro, ligeramente a la izquierda, de nuestro hogar conyugal. No te preocupes, mi amor, pues si te fijas bien, justo a mi lado, centrada y ligeramente a la derecha, cuelga otra cuerda idéntica a la mía con el nudo ya hecho. Si te acercas un poco más verás que la he perfumado para que huela a ti, para que bien seas consciente de que te pertenece. Date la vuelta y déjate llevar por tu propio aroma, amada mía, te aguarda el mejor de los regalos que este pobre diablo podría hacerte, pues es todo lo que te puedo ofrecer: mi compañía, mi amor incondicional más allá de los límites del tiempo, la vida y la muerte. Y será todo lo que tú puedas recibir, y no te quedará otra que aceptarlo; el quedarte dormida fue tu propio funeral, ¿o no es bien sabido por todos acaso que el sueño es el hermano de la muerte? Tranquila, mi amor, seca tus lágrimas, avanza hacia mí. Deja de leer y reúnete conmigo, pues ha terminado esta carta, y comenzado nuestra eternidad.

1 comentario:

  1. Alguien me comentó esta entrada diciendo que "había muerto con la última letra", o algo así. Me estoy muriendo de rabia porque al ir a responderla la he borrado sin querer. María, creo que te llamabas, si lees esto me alegraría mucho que me dejaras algún otro comentario, y muchísimas gracias por el que he eliminado con mi torpeza.

    ResponderEliminar