Para cuando estés leyendo esto yo estaré
muerto. Sé que estás asustada, desesperada incluso, pero no temas. Estoy un
lugar mejor, colgando del cielo, donde espero en algún momento reunirme
contigo. Tranquila, no hay prisa, puedo esperar. Tengo toda una eternidad para
esperarte, y si ya te esperé en vida, ¿por qué no habría de hacerlo bajo el
cálido amparo de la muerte? Eternamente te he esperado, y eternamente te
esperaré, y aún cuando te hayas reunido conmigo te estaré esperando, pues ya
sabes que nunca me sentiré suficiente como para que te entregues a mí, como
desde que te conocí he soñado. Por mí no tengas miedo, pues estaré bien, ya no
me dolerá aguardarte. En el lugar donde estoy, las esperas son una parte más de
la rutina, y la rutina nunca acaba, puesto que no existe un tiempo que marque
ni transcurra, tan sólo una eternidad, infinita, pura, infranqueable. Antes de
morir comprendí que la muerte no es sino otra vida, dado que en vida tampoco
existe el tiempo, y todo es eterno, excepto la propia vida. He ahí la
diferencia, pues lo destacable que tiene la muerte es precisamente que sí es
eterna, y ello te da la madurez necesaria para no sólo comprenderlo, sino
aceptarlo como la única verdad de la que podemos estar ciertos y seguros. Pero
basta ya, esto es una carta de amor, y no quiero aburrirte con los delirios
metafísicos de un difunto, a ti, que todavía estás viva.
Para cuando estés leyendo esto yo ya habré
aceptado la muerte, la habré entendido y pasado a formar parte de ella. Aunque
no creas que ha sido tan fácil como éstas, mis últimas palabras terrenales,
puedan equívocamente dar a entender.
Para cuando estés leyendo esto mucho
tiempo habré llevado yo esperándote en vida, tal vez demasiado. Mucho habré
sufrido tu silencio y tus negativas, mucho habré llorado tu indiferencia.
Muchas cartas te habré mandado para entonces, aunque tal vez ninguna tan
sincera como esta. Mucho te habré suplicado, y mucho me habré arrastrado, más
de lo que ya habitualmente me arrastro. ¡Ay, amada mía! ¡Cuántas veces habré
pensado en acabar mi vida por ti, por tu mirar distante, por tus manos frías y
tus pechos de piedra! Porque las huellas que deja la indiferencia, ni el fuego,
ni el peso de mil toneladas de tierra, o infinitas noches de lluvia, podrán
jamás hacerlas desaparecer. Y por eso la muerte es el único consuelo que me
queda, pues al final de esta eternidad no tan eterna te reunirás conmigo, y
juntos podremos al fin unirnos en frialdad.
Para cuando estés leyendo esto yo habré
caído en un pozo oscuro de desesperación, de profundidad infinita, y me habré
hallado envuelto hasta la asfixia en sus negras aguas ponzoñosas. Y tú habrás
permanecido en tu habitación, segura en la calma que siempre precedió a mi
tempestad, mientras yo seguía ahogándome en toda aquella lluvia. Ni un leve
soplo de aire habrá mecido tus cabellos, ni una chispa habrá siquiera osado
acercarse a fundir tu hielo. Y yo enajenándome en tu cordura, y debilitándome
en tu fortaleza, y perturbándome y corrompiéndome y desgastándome en tu impasibilidad; planeando yacer en una fosa cualquiera, y tú sin salir de tu
habitación perfumada.
Para cuando estés leyendo esto yo habré
cogido todos mis ahorros y comprado un pequeño panteón, con espacio para dos
por si algún día te diera por venir a mi lado, del cual la única llave conocida
quedará prendida de mi cuello por una cadena de plata. Y me habré metido en
casa, con las puertas abiertas, y escrito mi voluntad de ser sepultado en mi
fúnebre propiedad recién adquirida, y tomado un veneno que habrá sido mi guía
hasta alcanzar tal destino.
Pero para cuando estés leyendo esto algo
habrá pasado, pues yo habré escapado del panteón, y avanzado hasta tu hogar,
oculto en las sombras, amparado por la noche y la seguridad de estar ya muerto,
y habré escondido entre tus ropas algunos regalos de despedida. ¿No puedes
escucharme ahora, entrando por tu ventana, respirando el aroma de tu pelo,
admirando tu semidesnudez bañada por la luz mortecina de un cuarto menguante
que pronto dejará de brillar?
Sé que notas mi letra algo cambiada, si es
que alguna de mis cartas hizo un alto en tus ojos antes de ser devorada por las
llamas, pero es normal, pues para cuando estés leyendo esto yo habré llevado ya
meses practicando tu caligrafía, dejando así una nota, una única nota,
perfumada, pulcramente escrita. Y en esa carta te despedirás de tu familia, y
de aquel desgraciado que te visitaba, pues, como bien explicarás, no pudiste
soportar mi fallecimiento de tanto como me amabas, de tanto como nos amábamos,
y habrás resuelto ir en busca del consuelo que sólo la muerte podría
concederte. Habrás ido, seguirás contando, en mi busca, pues antes de morir te
di una llave desconocida, la única existente junto a su gemela, la que ahora
mismo dormita prendida de mi cuello.
Y es que para cuanto estés leyendo esto el
efecto de la droga que deja en un estado similar al de la muerte ya habrá
cesado, y yo habré podido huir, como resucitado de entre los verdaderos
cadáveres, y secuestrarte, y suministrarte la misma droga, en tu propia
habitación, cerca de todos, y a la vez oculta a la propia realidad. Esa
realidad será la que conmigo compartas, pues, cuando estés leyendo esto,
significará que el efecto de la droga ha expirado y tú estás despierta, tumbada
en el mullido ataúd que una vez contuvo un cuerpo que no llegó a expirar del
todo, encerrada por siempre en el sepulcro que mandé construir para los dos.
¡Ay, amada mía! ¿Ya has comprendido que,
para cuando estés leyendo esto, ya habrás encontrado las cerillas y la vela que
guardé entre tus ropajes, y las llamas habrán prendido, y al fin habrás
despertado de entre las tinieblas? Exacto, si estás leyendo esto, significa que
te has dado cuenta de que yacías justo enfrente de la puerta de este, nuestro
panteón, y que, a la luz de la vela, y envuelta en sudores, has descubierto
esta carta, pegada a esa puerta de piedra maciza, sellada con un candado de
hierro que nunca jamás será abierto. Y es que, ¡sorpresa, cariño! ¡Había una
tercera llave, sí, una única llave que permitía abrir el candado que seguro
ahora agarras y golpeas con tus manos de cristal! ¿Has comprendido ya que esa
llave está enterrada, muy lejos, donde ya nadie pueda encontrarla y perturbar
nuestro apacible descanso?
Oh, sí, porque para cuando estés leyendo
esto no estarás sola, sino que, si te giras, y acercas un poco la vela, podrás
ver mi cadáver ahorcado, colgando de una cuerda en el centro, ligeramente a la
izquierda, de nuestro hogar conyugal. No te preocupes, mi amor, pues si te
fijas bien, justo a mi lado, centrada y ligeramente a la derecha, cuelga otra
cuerda idéntica a la mía con el nudo ya hecho. Si te acercas un poco más verás
que la he perfumado para que huela a ti, para que bien seas consciente de que
te pertenece. Date la vuelta y déjate llevar por tu propio aroma, amada mía, te
aguarda el mejor de los regalos que este pobre diablo podría hacerte, pues es
todo lo que te puedo ofrecer: mi compañía, mi amor incondicional más allá de
los límites del tiempo, la vida y la muerte. Y será todo lo que tú puedas
recibir, y no te quedará otra que aceptarlo; el quedarte dormida fue tu propio
funeral, ¿o no es bien sabido por todos acaso que el sueño es el hermano de la
muerte? Tranquila, mi amor, seca tus lágrimas, avanza hacia mí. Deja de leer y
reúnete conmigo, pues ha terminado esta carta, y comenzado nuestra eternidad.
Alguien me comentó esta entrada diciendo que "había muerto con la última letra", o algo así. Me estoy muriendo de rabia porque al ir a responderla la he borrado sin querer. María, creo que te llamabas, si lees esto me alegraría mucho que me dejaras algún otro comentario, y muchísimas gracias por el que he eliminado con mi torpeza.
ResponderEliminar