Pues mire usted,
señor inspector, no le entiendo. No entiendo por qué me ha traído aquí, y no
entiendo qué mal he podido hacer yo, un pobre ganadero, para que me tengan aquí
retenido. Yo que me gano la vida honradamente, sin hacer daño a nadie, yo, que
no molesto, que no me muevo, qué delito voy yo a cometer. ¿A quién voy yo a
hacer daño si sólo estoy yo, yo y nadie más que yo?
Bueno, tengo
también a mis animales, mis vaquitas, a quien yo más quiero. Si viera, me da
una pena cada vez que tengo que matar alguna… Las pobres, las quiero tanto que
se me llenan los ojos de lágrimas cada vez que les digo palabras bonitas en la
oreja cuando me despido de ellas. Yo creo que no me entienden, pero mire usted,
a veces lo parece. Las quiero muchísimo, pero, ¿sabe qué? Aún con esas estoy
solo. El único daño que hago es a mis animalitos, y ya sabe usted que los
animales no tienen alma, por lo que estoy totalmente convencido de que no he
cometido ningún delito. ¿De qué se me acusa? ¿Quién ha sido? Ya me lo puedo
imaginar, seguro que fue el niño ese de los de la finca del camino, que siempre
venía por mi casa, y sin pensárselo dos veces, oiga, a robarme limones del
limonero aquel tan bonito que plantó mi abuelo cuando yo era chico. Con lo que
quiero yo a ese limonero, y el muy granuja venga a robarme limones, que se
creerá que uno va muy sobrado o algo así. Seguro que el renacuajo le habrá ido
con algún cuento a su madre, que más de una vez le he amenazado con decirle que
su hijo es un sucio ladrón, y claro, me habrá denunciado. Pero mire usted, le
doy mi palabra de hombre de que ni siquiera me acerqué por su finca, que está
bien lejos de la mía, ni le he puesto nunca la mano encima al niño, si eso es
lo que estaba imaginando, cuídeme Dios de hacer algo así. Uno ya sufrió en sus
carnes lo que es que un adulto le ponga la mano encima cuando es un crío, y
duele mucho, sobre todo si es alguien de tu propia familia; que me da mucho
miedo ver a un borracho levantando la mano, y yo ya estoy curado de espanto, no
quiera ser yo tan malo como lo fueron conmigo.
Ya puede usted ver
que yo soy bueno, que yo nunca le he hecho daño a un semejante. Es cierto que
hace mucho que no voy a la iglesia, porque me cae muy lejos, y me trae malos
recuerdos que, mire usted, no me avergüenza decir que me llenan los ojos de
lágrimas, pero yo rezo todas las noches. Mire la cruz tan bonita que tengo en
el pecho. Está muy descolorida, pero que sepa que es plata de ley. Me la regaló
mi madre, que en paz descanse. La pobre, con lo que yo la quería. Murió
asfixiada, ¿sabe? El hijo puta que se hacía llamar mi padre la asfixió con una
bufanda de lana. Perdóneme, ya sé que no está bien soltar palabras tan feas
delante de alguien de su categoría, que me lo decía el padre Manuel: “ya que no
voy a poder moderarte esa lengua asilvestrada, por lo menos acuérdate de
mordértela un poco cuando estés frente a quien te es superior”, pero entienda
usted que era un verdadero hijo de una mala madre, no como la mía, con lo buena
que era, y lo que yo la quería… No se merecía eso, mire usted, y todo por culpa
de las ovejas.
Es que, verá, mi
padre siempre fue un hombre, cómo decírselo, de sangre muy caliente, ¿sabe? Y
claro, mi pobre madre, con la edad, pues que se acabó volviendo frígida, porque
son las cosas que tiene la edad, que le acaba quitando a uno las ganas hasta de
vivir. El caso es que mi padre, tan bravo como era, le estaba todo el día
insultando porque no se le arrimaba, vamos, ni con un palo. Mire que ella
también era una mujer muy de lo suyo, y si mi padre era una olla, ella era una
sartén de aceite hirviendo, pero, como bien puede usted entender, no era nada
comparado con él, y menos cuando la bebida se le agarraba al pescuezo. Y bueno,
la situación en mi casa estuvo difícil durante algún tiempo, pero cambió enseguida.
Un día de pronto mi padre amaneció tranquilito y contento, y no cabreado
–perdón por la palabra– y revuelto como solía. Mi madre se sorprendió bastante,
pero como se ve que tampoco había muchas ganas de bronca, no se molestó en
hacer preguntas. Pero yo sí que sabía lo que había pasado, aunque el viejo
nunca llegó a darse cuenta. Aquella noche desperté, como me despertaba muchas
noches, con pesadillas. Me acuerdo muy bien, fue tan fuerte que me levanté con
el corazón desbocado. Estaba todo tan oscuro, y hacía tanto calor, y tanto
bochorno dentro de mi habitación por las ventanas cerradas y mi propio sudor,
que de pronto dudé de si estaba despierto o seguía soñando todavía.
El caso es que
empecé a escuchar gemidos que venían de fuera, pero que parecía que estaban
conmigo en la habitación de tanto como retumbaban, ¿se lo puede usted creer?
Intenté levantarme, pero estaba un poco mareado, y el suelo muy frío, por lo
que me volví a tumbar a ver si podía seguir durmiendo. Pero oiga, que no había
manera, que era imposible conciliar el sueño. Se me metían en la cabeza y no
había manera de sacarlos, me andaban retumbando los sesos y me dejaban como
tonto. Al final no se me ocurrió otra cosa que morderme la mano para terminar
de despertarme, tan fuerte que me hice sangre y todo. A duras penas puse los
pies en el suelo y poco a poco anduve hasta la puerta. Mucho me extrañó a mí
encontrármela abierta. Salí de la casa cada vez más despierto por el frío, el
dolor en la mano y los gemidos, que cada vez eran más fuertes, y con mucho
cuidado, aunque las maderas del suelo estaban tan viejas que a cada paso que
daba parecía que la casa entera se me iba a caer encima. Cerré los ojos para
guiarme mejor por el sonido, y me di cuenta de que venía del redil donde
teníamos metido todo el ganado. Recuerdo que ese día no había una sola nube en
el cielo, y la luna y las estrellas brillaban muchísimo. Joder, si es que
parecía que me estuvieran mirando. La luna ahí, con la cara esa, riéndose de
mí, porque ella ya sabía lo que había; como que me lo estaba avisando, la muy…
Me acerqué al
redil intentando no hacer ruido, agazapado como un zorro. Vi que casi todos los
animales dormían, pero había algo que estaba alborotando la zona de las ovejas.
Imagínese, cuando lo tuve delante fue como si me hubieran dado con un mazo en
todo el estómago. Me fui tropezando con un montón de botellas de vino vacías,
pero por fin pude acercarme lo suficiente como para verlo. Ahí estaba el viejo,
con una de las ovejas menos grandes, tambaleándose, gimiendo como una bestia,
con los pantalones por los tobillos. El pobre bicho no decía nada, se dejaba
hacer, y se le escuchaba suspirar de vez en cuando. El cuerpo de mi padre, tan
gordo y encorvado, como que se recortaba contra el cielo de toda la luz que
había, no sé si me entiende. Se movía como un poseso, el viejo, con los ojos
muy abiertos, agarrando tan fuerte al animal que los dedos se le clavaban en la
lana como si fueran ganchos. Y la oveja nada, oiga, pero el viejo no dejaba de
moverse, metiéndose hasta el fondo en aquella cosa tan roja y blanda, tan
húmeda, gimiendo cada vez más fuerte, escupiendo y gritándole a la oveja
mientras la embestía. Y yo ahí, mirando, y el viejo cada vez más rabioso, hasta
que al final soltó un chillo que créame que todavía dudo de si era humano,
porque eso que escuché era de todo menos una persona, más bien como el aullido
de una bestia de los montes. Me asustó tanto que salí corriendo despavorido
para la casa, mientras que mi padre se pegaba mucho a la oveja y empezaba a
temblar, y la luna sin dejar de reírse de nosotros.
Después de aquello
créame que me costó volver a mirar a mi padre a la cara, porque es que lo veía
arrimándose a la oveja aquella ahí en la niña de los ojos. Él no se daba
cuenta, claro, si sonreía como un bendito el muy bestia, y mi madre al
principio pues igual. Fíjese cómo la tendría a la pobre, que se enteró cuando
empezó a echar en falta (y con mucho alivio, oiga) los azotes y las carantoñas
y las borracheras y todo junto de mi padre. Pero vamos, que ella no se cortaba
ni un pelo, que por cada arrumaco ella le soltaba un guantazo, y por cada golpe
un grito, y por cada borrachera una amenaza de coger sus cosas y tirar para
casa de su hermana. Y el viejo entonces se ponía todavía más enrabietado, hasta
que a mi madre se le venía todo encima, y entonces no sabía dónde meterse,
porque ya sí que era demasiado para ella. Claro, que ya sabe que la cabra tira
al monte, y ella igual, terca como una mula, que nunca llegó a cogerle miedo,
vaya. Al final le salió por la culata, claro, es que a quién se le ocurre
gritarle al viejo de esa manera, si ella, que conmigo siempre apagaba los
fogones y era dulce y cariñosa, me lo decía muchas veces, “a tu padre nunca se
te ocurra levantarle la voz, que ya sabes cómo se pone y para qué queremos
más”. Y va ella y le suelta esas cosas, y en qué momento.
Aquello también lo
vi. Después de la primera vez me despertaba todas las noches. Muchas de ellas
tengo que confesar que además, bueno, me tocaba mis partes, ya sabe.
Entiéndame, ya estaba algo crecidito, y no podía evitarlo. A veces me
despertaba y me encontraba que el cuerpo me lo pedía a gritos. Al principio
intentaba resistirme, pero al final el pecado de la lujuria podía siempre
conmigo. Pero bueno, por mucho que diga el padre Manuel, yo no estaba haciendo
nada malo. Que yo sepa todavía no me he quedado ciego ni nada, y si no me ha
castigado el Altísimo, ¿es lo mío entonces un pecado acaso?
Como le iba
diciendo, hacía mucho que me costaba pegar ojo por las noches, y aquella no fue
precisamente una excepción. Volvía a escuchar los gruñidos, pero esa vez me
levanté despejado. Lo que me extrañó fueron los pasos que escuché mientras yo,
muy alerta, tenía la mano metida bajo los calzones. Como si me hubiera dado un
calambrazo, rápidamente me encogí, agarré una almohada y me tapé con ella la
entrepierna. Vi a mi madre saliendo por la puerta, en dirección a lo gritos que
yo ya conocía de sobra. Me dio miedo seguirla, así que me quedé en la entrada,
medio escondido por si le daba por volver, viendo de lejos lo que ocurría. La
vista tampoco me alcanzaba para mucho, porque además estaba muy oscuro, pero
tampoco había demasiado que mirar. Me puedo imaginar perfectamente cómo mi
madre se había acercado extrañada, tropezándose con todas las botellas de vino
que había por el suelo, hasta darse cuenta de lo que estaba pasando. Puedo
imaginar cómo ella, sin pelos en la lengua, oiga, le había empezado a gritar en
cuanto vio el panorama, y a llamar a mi padre degenerado, y animal, y
zumbaovejas –eso lo escuché todo–, y a darle empujones para que se soltara del
pobre bicho. Y el viejo, borracho como estaba siempre, le soltaba otro empujón
que la dejaba en el suelo y la pateaba hasta que conseguía levantarse y volver
corriendo, medio cojeando y con el labio partido, dentro de la casa. Yo la vi
venir, y me metí muerto de miedo –tanto que me oriné los pantalones– en mi
cuarto a vigilar escondido detrás de la puerta. Y también vi cómo llegaba mi
padre, tambaleándose pero con los ojos inyectados en sangre, y pisando tan
fuerte que las tablas del suelo parecía que iban a romperse. Vi cómo encendía
la luz, y se acercaba a mi madre, que le estaba amenazando toda temblorosa con
una de las agujas esas largas de tejer. Pero eso no detuvo al viejo, que se
acercó y la agarró por el cuello. Soltó un grito que más parecía de toro bravo
que de hombre cuando le clavó la aguja en el brazo, pero como si nada, oiga,
porque con toda la naturalidad del mundo agarró la bufanda que había estado
tejiendo mi madre y se la enganchó del pescuezo, con la aguja todavía
saliéndole del brazo como una banderilla. Y empezó a gritar y a gritar, a mugir
y a mugir, hasta que a la pobre se le pusieron los ojos vidriosos y la cara
toda azul, y entonces me metí en mi cuarto, debajo de la cama, porque ya sabía
lo que iba a pasar.
Esperé algunas
horas, pero al final salí de la habitación antes de oír cantar a los gallos,
cuando supe que mi padre se había quedado dormido y a mí se me había pasado un
poco el miedo. Me lo encontré tirado en el suelo, con la cabeza apoyada en un
charco de su propio vómito salpicado de gotitas rojas de sangre, todavía con el
pantalón desabrochado y la aguja que le había clavado mi pobre madre, que
estaba a su lado con la bufanda al cuello y la cara toda hinchada y deformada,
pinchada en el brazo, todo amoratado, como la cara de mi madre. Salí corriendo
sólo con un calzón puesto, aunque fuera hacía muchísimo frío. Corrí y corrí por
el prado, buscando las luces del pueblo, hasta que empezaron a quemarme las
piernas y tuve que tirarme a descansar. Después, seguí corriendo.
Como mi madre, que
en paz descanse, siempre me había dicho que la iglesia era la casa de Dios, lo
primero que se me ocurrió fue colarme allí, esperando que Él me diera cobijo.
Creo que no llegó a hacerlo, porque el que me recogió fue el padre Manuel, creo
que ya le he hablado de él. Qué bien que se portó conmigo siempre. Él me enseñó
a leer, ¿sabe? ¡Y cuánto me hizo leer el muy condenado! Yo no entendía nada
porque era muy pequeño, pero qué empeño puso el hombre. Y me enseñó gramática,
e intentó que entendiera a santo Tomás, y a san Juan, y santa Teresa, yo ya
sólo me acuerdo de los nombres. Tampoco es que entendiera mucho más en su
momento. Gracias a él supongo que sé hablar hoy como una persona decente, y no
como un animal cualquiera. Me encontró medio desnudo y sudando, y en seguida me
dio cobijo. Me alimentó, me vistió, y todo a cambio de ayudarle a oficiar la
misa. Todo lo que sé, que mire usted, tampoco es mucho, lo sé gracias a él.
Ay, el padre
Manuel, cómo lo echo de menos. Era un santo, un auténtico santo. Con esa mirada
triste que me traía, sacrificándose siempre por todo el mundo. Era un misterio
ese hombre. Tenía las manos todas llenas de callos porque todas las mañanas era
él mismo el que subía a la torre de la iglesia a tocar la campana, y el que
trabajaba en el huerto, y el que remendaba su túnica y las de los monaguillos…
Un verdadero artesano que teníamos. También era el maestro, y tocaba el órgano.
No puede usted imaginárselo, unas músicas que salían del trasto ese tan enorme,
y tan bonito el sonido que le sacaba, él solo, oiga, que no las voy a poder
olvidar en la vida. Perdone, lo pienso y es que se me llenan los ojos de
lágrimas. Que yo soy muy hombre, pero entiéndalo, nos dejó de una forma tan repentina
que me parece a mí que aún no se me ha curado la herida. ¿Que qué le ocurrió? Pues
mire, se lo voy a decir, pero no se vaya a pensar que no me cuesta: una mañana
estaba yo durmiendo cuando, como otro día cualquiera, me despertaron las
campanas que siempre tocaba el padre Manuel. Pero había algo raro en su sonido,
no sabía muy bien el qué, pero se oían como apagadas, sin la fuerza con la que
el padre las hacía resonar. Claro que no le di yo importancia en el momento,
tampoco era algo tan fuera de lo normal. Pero, ay, ¡vaya si lo era! A mediodía,
el padre Manuel no aparecía en la mesa, y nadie lo había visto en toda la
mañana. Lo buscamos por todos lados, pero no conseguíamos dar con él. Yo fui
quien lo encontré. Siempre he tenido buena vista, y por casualidad en ese
momento me dio por mirar el reloj de la torre. Entonces me di cuenta. ¡Maldita
la hora, y nunca mejor dicho! Me metí corriendo en la iglesia y subí las escaleras
del campanario tan deprisa que tropecé y casi me dejo la frente contra la
piedra, menos mal que puse las manos, aunque me di un buen golpe en la rodilla
que me la ha dejado jodida –perdón- hasta hoy. Cuando llegué arriba, sin
hacerle caso a la rodilla que me ardía como mil demonios, fui directo al
campanario. Miré por el hueco de la tercera campana, y allí estaba. Se podía
ver su cuerpo ahí, colgando como un muñeco, con la cabeza levantada y los ojos,
¡ay, los ojos!, muy abiertos, igual de azules y de hinchados que toda la cara,
mirándome, pidiéndome ayuda, y yo sin poder hacer nada. Cuando tiré de la
cuerda para intentar recogerlo, el lío que se había hecho con los nudos se
deshizo, y pude escuchar su cuerpo cayendo, y el golpetazo que se dio contra el
suelo. Desde entonces no puedo escuchar campanas sin que me estallen los ojos.
Después de eso me
tuve que ir de la iglesia, porque cada noche veía esos ojos en sueños, esos
ojos que me suplicaban que les ayudase, pero yo nunca podía hacerlo. Lo último
que hice antes de ir fue entrar en la habitación del padre a despedirme. Pero
no se vaya a pensar usted que lo hice por estar mal educado ni nada, porque así
dicho parece una falta de respeto a su memoria. No, verá, es que mucho antes de
morirse nos dijo el padre varias veces a los tres monaguillos que éramos que,
si alguna vez faltaba (ya era muy mayor, y no andaba del todo bien del corazón
además), miráramos en un armario que tenía en su habitación, que había algo
para nosotros. Siempre fuimos muy obedientes y nunca miramos, se lo puedo
jurar, aparte que tampoco hubiéramos sabido muy bien qué hacer con lo que había
ahí dentro.
Resulta que el
abuelo del padre Manuel, que ya era muy devoto, había construido la iglesia con
sus propias manos, y la había usado a la vez de casa para su familia. Vamos,
que la iglesia ni estaba registrada ni nada, y el padre era padre por su propia
gracia, o a lo mejor por la divina, pero en la intimidad, porque ni un solo
obispo ni un cardenal ni quien quiera que sea el que concede esas cosas había
pisado nunca nuestro pueblecito. Total, que la iglesia le pertenecía como su
casa particular, y dentro del armario estaban las escrituras, y una nota
firmada por el propio padre Manuel que decía que nos la dejaba en herencia. Y
como sólo uno de los monaguillos era ya mayor de edad (que no sé yo si se le
podía seguir llamando monaguillo), y no sabía qué hacer con ella, se la vendió
a vete tú a saber quién y repartió el dinero entre los tres. Ese fue el último
favor que me hizo el padre. Si me ve usted tal y como me está viendo ahora, más
o menos bien comido y con un hogar, ya sabe es que todo gracias a él. Que Dios
lo bendiga mil veces, y que lo cuide bien, porque se nos llevó un verdadero santo.
Cuando me pagaron
lo que me correspondía me volví directamente a casa, porque ya le digo que no
aguantaba más tiempo allí metido. Me despedí de los otros monaguillos, que
habían sido lo más parecido a una familia que había llegado a tener, y ese
mismo día cogí las pocas cosas que tenía y enfilé el camino que salía del
pueblo. Y fíjese, cuando llegué todo seguía igual. Sólo faltaban los cuerpos, y
los animales, claro, que vaya usted a saber quién se los llevaría, porque el
resto ni lo tocaron. También es verdad que mucho, lo que se dice mucho, no
teníamos. Que vivíamos en la miseria, vaya. Yo me encargué de convertir esa
choza de pordiosero en un sitio donde vivir, porque lo que yo había conocido
allí dentro no era vivir. Y gracias a la herencia del padre Manuel, que Dios lo
bendiga mil veces, pude comprar mis primeros animales, y empezar a ganarme la
vida honradamente. Les puse hasta nombres, ¡todavía me acuerdo! Le puse nombre
a las gallinas, a la yegua, a los cerdos… A las ovejas no, porque nunca tuve. Y
por supuesto le puse nombre a mi primera vaca. La llamé Soledad, Sole, en honor
a mi difunta madre, que se llamaba así. Qué bien le vino el nombre a la
condenada. Ha sido la única que se ha quedado conmigo hasta el final, ¿sabe? El
resto, pobrecitas, las tuve que ir matando. De algo tendremos que comer, digo
yo; no se puede imaginar lo bien que se vende la carne de ternera en el
mercado. Pero es que mi Sole… ay, le parecerá raro, pero es que la quiero
tanto… En las noches frías muchas veces me vienen recuerdos, recuerdos malos
que no me dejan dormir. Veo muchas veces a mi pobre madre, que siempre está
llorando. Y muchas veces llora lágrimas rojas, que se resbalan por su cara
blanca como la leche. No se puede imaginar los temblores que me entran cuando
la veo así. Tengo siempre el impulso de ir a abrazarla, agarrarla entre mis
brazos y decirle que no va a pasar nada, que aquí estoy, que aquí está su niño,
que su niño va a protegerla, que no va a dejar que le pase nada malo. Y ella
deja de llorar y me dice “ven, mi niño, ven con mamá”, y me da el pecho, y entonces
yo dejo de tener frío. Pero llega mi padre, y abre todas las ventanas para que
se apague el fuego de la chimenea. Yo no lo pienso ni un solo segundo; voy
corriendo y le clavo la aguja de tejer en su maldito cuello. Y entonces me
despierto. Cuando me despierto, necesito agarrarme a una botella, hasta que
pierdo el sentido de tanto beber y me levanto por la mañana con dolor de
cabeza. Mientras ando dando tumbos, la única con la que me cruzo es mi Sole.
Ella me da todo el calor que se llevó mi padre cuando apagó la chimenea. Me
abrazo a su cuerpo y la acaricio, porque me encanta sentir su pelo entre mis
dedos. Ella nunca hace ningún movimiento, no dice nada. Tengo que hacerlo yo
todo, pero no me importa. Las noches que paso con Sole nunca hace frío, son las
mejores noches de mi vida, aunque grite como gritaba el viejo, no me da miedo
como me daba él. Siempre la beso antes de volver a la cama, aunque muchas veces
ni siquiera soy capaz de encontrar la habitación, y amanezco tirado en la
cocina, en ocasiones sobre un charco hediondo, como una vez lo hizo mi padre,
solo que sin una aguja saliéndome del brazo, y la conciencia limpia.
Y es verdad, ¿me
entiende? Tengo la conciencia limpia. ¿Qué más quiere que le cuente? Demasiado
le he contado ya, aunque siempre me han enseñado desde chico que a las
autoridades hay que tenerles respeto, porque un desgraciado como yo no importa
nada al lado de personas tan importantes. Entienda que cuando uno vive tan solo
no suelen pasarle muchas cosas. Que todos los días son iguales, vaya. O bueno,
ahora que lo dice, algo sí que me pasó hace muy poco. Tampoco es gran cosa,
pero es lo último así diferente que recuerdo, a ver si le sirve de algo.
Resulta que, unos
días antes de que me trajeran aquí, apareció una mujer en mi casa. No llegué a
enterarme muy bien de lo que quería, porque el caso es que desapareció a la
mañana siguiente. Me dijo algo como que venía del ayuntamiento, por un servicio
o algo así. No sé muy bien a qué se refería, porque ya le digo que
prácticamente no tuve tiempo de preguntarle. Y de lo que me explicó casi que no
cogí ni media palabra. Por lo visto, alguien de las fincas le había dicho que
en mi casa pasaba no sé qué, y venía a comprobar que todo estuviera bien. Yo
supongo que fue cosa de los padres del ladronzuelo ese, que el niño les habría
ido con alguna milonga y, claro, se habrían asustado. El caso es que la mujer
empezó a hacerme preguntas muy raras. Que si vivía solo, que si tenía amigos,
que si se me conocía mucho en el pueblo, qué sé yo. Encima se presentó tan
tarde que yo estaba medio amodorrado. Me preguntó si podía pasar, después de
dejar el coche detrás del establo, sacó una libretita y empezó a tomar notas de
todo. La tía se paseaba por todas las habitaciones, y casi sin preguntar, oiga,
con qué desparpajo. La verdad es que me recordaba mucho a mi madre. Aparte del
carácter, era gorda y de cadera muy ancha. Las carnes se le salían por los
costados, apretadas dentro de un abrigo de pelos marrón. El suyo lo llevaba
corto y con rizos. Tenía una especie de remolino en el flequillo, y a mí me hacía mucha gracia porque con eso,
el abrigo y la cara de malas pulgas se parecía también mucho a mi Sole.
Tanto tiempo se
quedó la mujer que, claro, en pleno invierno, pues se le hizo de noche, y
encima empezó a llover a cántaros. Un viento que hacía… Fíjese, parecía que el
cielo en cualquier momento iba a caerse sobre nuestras cabezas. Viendo el
panorama, le ofrecí a la mujer quedarse en mi casa, en la habitación de mis
padres, que estaba muy limpia porque yo la barro y la cuido una vez a la
semana. A la mujer no le hizo ni puñetera gracia, se le notaba por la cara de
perro que puso, pero no le quedaba otra. Era eso o dormir en su coche, y con la
ventolera que hacía y la lluvia daba miedo hasta abrir la puerta, como para
acostarse en esos asientos empapada y muerta de frío. Total, que al final tuvo
que aceptar. Yo creo que esa noche durmió con un ojo abierto la jodía, y salió
por patas en cuanto escampó, porque por la mañana ya no estaba, y el cuarto lo
había dejado todo revuelto. Aunque bueno, tampoco es que mirara yo muy bien,
porque no me tocaba limpieza ese día.
Y hasta ahí puedo
contarle, señor inspector. Hace dos días la policía vino a mi casa, me trajo
aquí, y hasta ahora mismo me han tenido encerrado en una celda como un criminal
cualquiera. Hay que ver, con todos los mangantes y los rufianes que andan
sueltos por ahí, tienen que venir y coger a un hombre honrado. ¿Qué dice? ¿Que
qué pasó con la mujer? Ya se lo he dicho, no tengo ni idea. Yo supongo que se
fue cagando leches en cuanto pudo, visto el percal. Bueno, claro, eso no se lo
he contado, me da un poco de vergüenza… Pero ya que es usted tan insistente, y
siendo como es un agente de la ley, supongo que tendré que decírselo.
A ver, resulta que
yo, como siempre, esa noche no podía dormir, y me desperté de madrugada, cuando
todavía estaba lloviendo. Y bueno… tengo la fea costumbre de agarrar la botella
cada vez que me pasa eso, ya se lo dije antes. Lo sé, no estoy orgulloso, y menos
teniendo invitados, pero entienda que me viene de familia, yo ya más no puedo
hacer. No sabe usted el frío que hace por la noche, es la única manera de poder
conciliar el sueño sin problema. “Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro
angelitos que me la guardan”, me hacía decir el padre Manuel, pero yo a los
angelitos esos nunca los he visto. Mi cama la guardan cuatro demonios, me
parece a mí. Y si a esos demonios sólo los puede matar la maldita bebida, pues
mire, que así sea, aunque me convierta yo en un demonio. Me da igual serlo por
un rato siempre que por lo menos pueda dormir. Esa noche tuve un sueño que
tenía un poco que ver con esto, ¿sabe? Había un demonio en mi cuarto. Un
demonio gordo y peludo, que me miraba como quien mira un trozo de carne que
está a punto de comerse. Al fijarme mejor me di cuenta de que el demonio no era
un demonio, o a lo mejor sí, pero con forma de oveja. De carnero más bien; por
los cuernos, digo. Y echaba humo por la nariz, y tenía los ojos inyectados en
sangre. Cuando vi la aguja enorme que le salía del hombro eché a correr para la
habitación de mi madre, llorando como un niño asustado porque sabía que esta
vez venía a por mí. Y allí estaba ella, dormida, como una reina que espera a su
rey. Me metí en la cama, empecé a quitarle la ropa para poder sentir cómo su
piel me protegía, y pudiera darme el pecho, pero se despertó, soltó un grito,
me dio un empujón y salió corriendo como Dios la trajo al mundo. Yo fui detrás
de ella como buenamente podía, porque me costaba un poco andar. Vi que se metía
en el viejo granero, que hace décadas que no se utiliza. Pero cuando yo llegué,
ella no estaba allí. La que estaba allí era Sole, que se habría dado algún
golpe, porque tenía un rozón muy feo en la pata y estaba arrodillada en el suelo.
La agarré por detrás y empezó a removerse, como queriendo huir de mí, pero yo
conseguía mantenerla a raya. Le acaricié las ubres, a ver si se calmaba, pero
se retorcía más, y yo me estaba poniendo
muy nervioso. De tanto tiempo pegado a ella, notaba un bulto en el pantalón que
parecía a punto de estallar, y necesitaba aliviarme. A lo mejor así se calmaba,
porque ella no dice nada nunca cuando yo le hago eso, se queda calladita, calladita.
Esa vez todo fue distinto, malditas pesadillas. Empezó a gritar y a gritar, y
cuanto más me movía yo más gritaba ella. La agarraba fuerte de los costados,
porque encima no encontraba pelo para acariciar, y mis manos se hundían en su
carne como hinchada, toda blanda y sudorosa. Cuando estaba terminando, yo
también empecé a gritar, pero entonces ella me soltó una coz y se separó. Logré
agarrarla de nuevo antes de que se escapara, esta vez por el mechón rizado del
flequillo ese tan gracioso, y ella me respondió con más gritos que a mí me
ponían muy triste.
Pero entonces le
vi la cara, y me di cuenta de que aquella no era mi Sole. Era el maldito
demonio carnero, que me había engañado otra vez. Rabioso, le pequé una patada y
lo tiré al suelo boca arriba. Cogí uno de los viejos cuchillos de matanza, fui
hasta aquel monstruo y se lo clavé en el estómago con todas mis fuerzas. El
bicho no dejaba de gritar, y yo le volví a hundir el cuchillo en las tripas
como en las matanzas. Y cuando ya estaba bien dentro lo seguí moviendo sin
sacarlo, todo lleno de rabia. Notaba cómo los dientes iban serrando las
entrañas de la bestia, que seguía soltando chillidos cada vez más
desagradables. Cuando ya no pude soportarlo más, le golpeé en su odiosa cabeza
con el mango, levanté el cuchillo, y de un solo golpe le atravesé medio cuello.
De su boca salían gargajos rojos, que yo también cortaba, dejando caer el
cuchillo una y otra vez casi sin mirar donde iba rajando, hasta que conseguí
separársela del cuerpo. Me dolía la garganta: ahora era yo el que gritaba. Gritaba
con todo el dolor de mi pobre madre muerta, gritaba para ahuyentar el miedo que
me daba ese bicho asqueroso. Gritaba porque sabía que era libre. Por fin había
vencido al demonio. Y ya es lo último que recuerdo.
Desperté por la
mañana temprano, desnudo y todo cubierto de barro mojado. La lluvia había caído
a base de bien, porque olía muy fuerte a humedad, como las herramientas
oxidadas. Disculpe si me he emocionado un poco, pero recuerdo el sueño tan bien
que parecía real y todo. ¿Qué le pasa? Está blanco como una pared, ¿se
encuentra bien? Usted perdone si he sido un poco bruto contándolo, pero es tal
y como lo recuerdo. ¿Qué es eso? ¿Quiere que vea esas fotografías? A ver,
traiga. Anda mira, si esa es mi casa. ¡Mire, ahí está Sole! Es esa cosa marrón
de ahí atrás, en el establo. Hasta así se ve guapa, fíjese. Y ese es el
granero, sí. Y eso… Un momento, ¿eso no es…?
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