domingo, 31 de julio de 2016

Habitación cerrada a cal y canto

Plagio a Dostoievski

Estoy encerrado porque no puedo escribir. Porque no puedo escribir, estoy encerrado. Porque pienso, soy; porque soy... A quién le importa. Estoy encerrado porque odio. Te odio, odio a todos, a mí mismo. A cal y canto. A cal y canto estoy encerrado, no es que odie a cal y canto, eso sería absurdo. Odio por odio, y diente por diente, por el puro placer de odiar: dientes que se me caen en mis sueños. Ladro, pero casi nunca muerdo, ni madrugo, ni me ayudan. A cal y canto, y al otro lado, arena. Expresiones, frases hechas, el pueblo. Epistemología, Lógica, Dialéctica, Estética... Odio, odio, odio. Odio y encierro. ¿Y cuál es el blanco? Yo soy el blanco, europeo, de clase media, yo puedo permitirme odiar y ser el blanco, el blanco de mi odio. El resto, no. No deberían. Me quitan mi terreno, y yo quiero todo el odio para mí solo, no quiero quedarme sin sustento. De algo tendré que vivir, ya que estoy encerado. A cal y canto, sí, basta ya de expresiones. Estoy encerrado (ya-sabe-cómo) porque no puedo escribir. Y porque no puedo escribir... odio. No me planteo nada más, simplemente me regocijo en ese sentimiento. Las paredes de la habitación son muy sólidas, muchísimo, aquí dentro se está bien fresco para el calor que hace afuera. ¿Qué más quiere que le cuente? ¿Esperaba una fábula acaso? ¡Jamás! ¿Qué fábula voy a escribir aquí encerrado? El buen fabulador precisa de una imaginación desbordante, y yo de eso no tengo. ¿Qué fábula voy a escribir, si yo sólo tengo una cosa? ¡No lo diga! Ya sabe qué es, sabe lo que siento, no es necesario repetirlo más veces. Lo que no tengo es una imaginación desbordante, eso seguro. No, mire, tengo un escritorio, una silla, algunos folios y un lápiz (antes escribía con pluma, pero como ya no puedo escribir no la necesito); tengo una habitación cerrada, una llave y mucho ya-sabe-qué dentro. Pero "imaginación desbordante"... déjeme que haga inventario... pues no, disculpe, el producto "imaginación desbordante" no se encuentra ahora mismo en existencias, inténtelo en otro momento. Un zumbido constante en la cabeza, eso es lo más parecido que he encontrado. A mitad de precio, si gusta. ¿No lo quiere? Mejor, más para mí. Ya lo quisiera usted, este zumbido constante de televisor viejo. Viejo y estropeado, claro, se sobreentiende. Zumbido constante como la muerte; irreal, como los sueños; molesto, como la vida. En esta habitación se junta todo. Mi cámara mortuoria, mi lugar de reposo, mi sala-paritorio (aquí es donde escribo, donde escribía antes, ahora es un yermo). Descartemos la vida entonces: sólo nos quedan los sueños, y la muerte. Con eso podría escribirse algo, aunque no fuera una fábula propia de una imaginación desbordante (¿dónde estará?), pero algo, por lo menos. ... Nada. Sigo encerrado (ya-sabe-cómo, ya-sabe-por-qué). Tal vez sea culpa del folio. Está ahí, mirándome, es como un abismo teñido de nieve. Tal vez si escribo palabras al azar se me ocurra algo. Por ejemplo... Vaya, tampoco se me ocurren palabras al azar, qué sorpresa. Es este folio que me drena las energías, no puede ser otra cosa. Me extraña que a estas alturas no se haya teñido de rojo. A lo mejor es que no me queda sangre que absorber. A lo mejor por eso es tan blanco, porque no puedo sacar nada de él, y él de mí nada. Quién sabe si no es el folio el que me está escribiendo, el que se está escribiendo en mí. Quiero decir, a sí mismo, pero en mi retina, y más allá, no sé si me explico. A lo mejor ahora mismo mi mente puede estar siendo el soporte de la mejor obra de ficción jamás escrita por un folio, y yo aquí, sin sacar una sola letra. Tiene que ser así, no hay otra explicación posible, porque yo lo siento. Noto un gran batiburrillo, un zumbido en mi cabeza, como un televisor viejo. Viejo y estropeado, se entiende. Oh, ¿eso ya lo dije? Vaya. El caso es que es algo más que un zumbido, creo. Es como un impulso. Mi mente es una nebulosa, y las estrellas parecen estar alineándose. Sí, parece que al fin se están definiendo, me parece intuir una constelación. ¡Ya lo tengo! ¡Rápido, voy a escribirlo antes de que... Qué más da. No saldría bien. Necesito algo más inmediato. No puedo entretenerme a pensar una trama, un desarrollo, unos personajes... Todo eso lleva tiempo. Y esfuerzo. E imaginación. No, yo necesito algo más rápido. Algo más estimulante. Algo que me permita canalizar mi odio. Vaya, dije la palabra prohibida. Qué más dará. A lo mejor si escribo en la mesa... seguiré en blanco. Como el folio. Blanco eterno... como la muerte. La muerte, sobre eso sí que se puede escribir, sobre eso o sobre los sueños. Vida no, que no me queda. ¿Pero sobre qué escribo? ¡Si ya está inventado todo! Ya estoy harto. No voy a añadir nada nuevo, sólo a dar vueltas y más vueltas sobre los mismos temas de la humanidad. Amor y vida; odio y muerte. Libido, thanatos. Nada nuevo.

He perdido el hilo. Ya no sé ni en qué estaba pensando. En nada, probablemente. ¿Qué hago aquí encerrado? ¿Qué hago en esta habitación cerrada a cal y canto, sin escribir y pudriéndome de odio? Es absurdo. También es cierto que la vida parece recrearse en el absurdo, todo depende del cristal con que se mire. El mío, concretamente, es uno ciego. Ciego, sordo, mudo y sin imaginación. Sin tacto o gusto. Sin nada sobre lo que escribir. Un cristal opaco; cuatro cristales; cuatro sólidas paredes y ninguna ventana, sólo un escritorio, una silla, algunos folios y un lápiz. Ojalá tuviera mi pluma, ella sí que ha escrito grandes cosas, no yo. Me duele la espalda de estar sentado, y las piernas, tengo todo el cuerpo entumecido. Es curioso que sienta este cansancio de no hacer nada; no hay nada que fatigue más que el estatismo. Me duelen las manos de no escribir. La cabeza no me duele, por el zumbido que no cesa, no por otra cosa. La verdad, me relaja bastante, tal vez porque es lo único en mí que no está vacío todavía. Por eso no entiendo por qué demonios no puedo sacar nada en claro, ¡si estoy deseando hacerlo! ¿Qué me frena? Es como si faltara una conexión entre mi cerebro y mis manos, como si hubiera una barrera infranqueable que separara mi inconsciente de lo externo, una especie de emulsionante que no deja que mis ideas tomen forma y me abandonen. Quiero desprenderme de ellas, aquí dentro no me sirven de nada. Pesan demasiado, y necesito soltar lastre. No podré emerger hasta que no me libere de este bloque de cemento atado a mis tobillos. Siento cómo me hundo y me hundo, y la presión aumenta, pero las corrientes siguen atravesándome, sin forma definida ni consistencia, sin arrastrarme porque el bloque pesa demasiado. ¡Malditas, llevadme con vosotras! Pero hasta las corrientes se acaban, como se acabaron las olas. Sólo espero que cuando toque fondo haya un cráter marino que me haga alcanzar la superficie... un big-bang, nacimiento, explosión desde la nada absoluta, resurrección, una salida precipitada del ojo del huracán a la epidermis. Y de ahí, al mundo. Afuera de estas cuatro paredes, yo sólo quiero eso. 

Tal vez sea por mi historia. Otros escritores (los escritores) tienen un pasado que contar, algo distintivo. Yo no tengo más que odio, esa es mi historia: Historia de un Odio. Mi infancia pasó sin novedad; mi adolescencia, tranquila; mi juventud, exenta de mérito; mi adultez, insustancial, y así hasta ahora. Echo la vista atrás y no veo nada, todo está empañado por ese sentimiento, ese sentimiento que es como un velo negrísimo y urticante, un hormiguero de ponzoña. No veo cómo empieza, ni cuándo, ni por qué, simplemente sé que está ahí, como algo que fue gestándose y quedó enquistado para siempre. Siempre he sido como un fantasma, un hueco vacío, sólo podía mirárseme a través de un cristal opaco, de visión unilateral al principio, de dentro a afuera, que poco a poco fue ennegreciendo su cara útil por culpa del humo tóxico con que lo ensuciaba. Ahora mirar a los demás es ver ese humo. Ahora mirar a los demás es ver ese humo. Adopta formas indefinidas, como las corrientes, solo que volátiles y escurridizas, sin fuerza, soy humo negro en un mar de corrientes. Humo en una humareda. Ahora mirar a los demás es ver ese humo. Volátil, indefinido e ingrávido: partículas estáticas que no se mueven más que con enormes esfuerzos por mi parte. Tal vez haya otra forma, pero no tengo imaginación. Ahora mirar a los demás es... un hueco vacío. Tal vez sea por mi historia. No tengo un pasado destacable, de eso estoy seguro, ni una personalidad distintiva. No he sido maltratado, ni rebelde, siempre he vivido encapsulado en las comodidades de mi vida burguesa. Siempre he tenido miedo de lo desconocido, y aunque me atrajera con la fuerza de mil mareas, mi pánico eran mil y una. La desconfianza lleva a la indiferencia, y la indiferencia es no posicionarse, es decir, ir del lado de la injusticia. Y la injusticia es cómoda, indiferente, todo encaja. Es ahí donde me sitúo, fantasma incorpóreo, estatua indiferente. Lo establecido fue todo lo que conocí, y allí todo está escrito, ¿qué demonios voy a añadir yo entonces? Sólo soy un cuerpo apagado más en el firmamento. Hay escritores que son estrellas fugaces, de vida corta, que rasgan el cielo con toda la fuerza de su ímpetu y se prenden a sí mismos, con tal pasión autodestructiva que marcan por siempre la memoria. Hay otros que crean constelaciones, que aparecen en el lugar y momento apropiados, tienen un brillo especial y saben compartirlo con otros afines, formando una generación; la constelación del 27, la constelación beat... ya me entiende. Luego hay otros que son planetas, que tienen su marco, su órbita, geografía y tiempo, y relucen tal vez de forma más apagada pero constante, sabia, sin intermitencias, con todo tipo de tamaños y colores; los hay gaseosos y desprendidos, aparentemente indescifrables, y los hay rocosos, regios, sosegados, templados de espíritu y carácter; de luz azulada y benévola, o bombas de fuego rojo atestadas de tormentas, provocativas, pero no por ello más ignorantes. Hay escritores menores, que son las estrellas que titilan y que a veces, muy de vez en cuando, sueltan una chispa más grande que otra y después vuelven a su intermitencia, y grandísimos genios que quedan como astros gigantes, luces de referencia para todos los sistemas del firmamento. Y yo... Yo soy un mero satélite exterior, un satélite rodeado de basura espacial. Demasiado insignificante como para ser mencionado, con demasiadas ínfulas como para no distinguirme de la basura. Odio a los grandes por ser demasiado grandes, y odio a la basura por ser basura. Me odio a mí mismo por no dejar de rotar. Si pudiera, saldría de mi órbita, inmolándome para al menos llegar a alguien con mi llama. La idea de evolucionar hasta planeta está lejos de mis posibilidades. El problema es que no tengo imaginación.

Y ya está, no hay más que decir. Por eso estoy encerrado. Quiero escribir y no puedo. Necesito escribir y no puedo, no puedo, no puedo. Estoy vacío. Miento. Estoy lleno de ideas, pero no consigo darles forma. Necesito algo que pueda expresarse rápido, directo, algo sincero y sin maquillajes, pero eso es imposible. No hay mayor mentiroso que un escritor; tampoco hay mentiras más llenas de verdad. Todo es incierto y misterioso, nunca sabes a qué atenerte. Un escritor es un dispensador descontrolado de verdades a medias, descarado en sus mentiras e indirecto en sus evidencias. Tal vez por eso yo no pueda serlo, nunca se me dio bien mentir. Mis mentiras están siempre plagadas de verdades transparentes como el agua, tanto que ni siquiera deberían considerarse mentiras. Así es como me han enseñado a ser. Como todos, soy esclavo de mi socialización. Qué pena que mi socialización no haya sido otra, una más interesante, una que, aparte de odio, me hubiera dado alguna historia que contar, la que fuera, con tal de que sea interesante. ¿Y qué lo es? Los sabios se vuelven interesantes una vez son iluminados, a nadie le importa cómo llegan a esa iluminación a menos que también quiera convertirse en sabio, y aún así a esa persona le importa el camino, y no el sabio en sí, el sabio en sí sólo le importa en tanto que símbolo de que ese camino es posible. ¿Qué otra forma hay de volverse interesante? El camino contrario. El camino contrario a la virtud, que acaba por convertirte en sabio de los renegados. Los que se quedan en el camino pueden tener un cierto interés dependiendo de lo cerca que estén del estado de sabiduría, ya sea blasfemo o virtuoso, pero nada más. Si no puedes alcanzar la virtud, al menos vuélvete un heraldo del vicio. Sólo si quieres ser interesante, claro, en la mediocridad no hay ningún interés. Yo me quedé en el camino, está claro. ¿Hacia dónde? Ni yo mismo lo sé. Por ahí vago, errático, como mis pensamientos en nebulosa, como basura espacial con ínfulas de estrella.

¿Y mi odio? ¿De dónde viene entonces? De mí mismo, ¿de dónde si no? Piense un poco antes de hablar, que no estoy para preguntas absurdas. ¿Ah, que cómo se gestó? ¿No había una pregunta un poco más fácil? ... Bien, supongo que fue como una bola de nieve (nieve como la de los folios, sí, tan blanca que sólo parece expresar el mayor de los vacíos. Fíjese, siempre tildando al negro de ser el color del vacío cuando para mí es lo único que aporta un soplo de vida al yermo helado que son mis folios sin escribir, porque obviamente siempre escribo en tinta negra, hay que guardar una serie de tradiciones, engañar a la psique, crearse unos rituales absurdos como símil de los distintivos que no tengo; es lo único que me separa de la basura: las ínfulas, ya lo expliqué. Dichosa palabra, suena a algo así como irregularidades gástricas, posee una eufonía malévola. Pero ya va siendo hora de cerrar este paréntesis, que ya he divagado bastante y ahora me va a tocar reexponer la última palabra antes del mismo para que usted recuerde un poco de qué estábamos hablando: son los vericuetos de la literatura), una bola de nieve (¿lo ve?: Literatura) rodando por una cuesta empinada, cada vez más grande, más fría, y su impacto cada vez más doloroso, algo así como la piedra de Sísifo pero a la inversa: nunca parece llegar abajo del todo. ¿Su origen? Incierto. En el pico de la montaña supongo, como los ríos, que nacen a la inversa. Supongo que todo apareció de la mano del egoísmo, de todo eso que fui aprendiendo. Supongo. La creencia de ser superior e inferior a todo el mundo a la vez, de esa dicotomía, de esas fuerzas enfrentadas comenzó a surgir mi odio. Nieve en la montaña; una chispa en el prado. Y que la gravedad y los vientos hagan gala de su poder destructivo. Por mi parte, me contento con odiar. Ya ni siquiera sé qué es ese sentimiento, no lo identifico, es como una nebulosa incierta que gira a mi alrededor y que tampoco consigo sacar afuera. Vaya, ¿les suena de algo esta metáfora? Al final todo viene a ser lo mismo: pulsiones del alma. ¿Qué alma? ¡Venga, hombre, con esas vamos a estar ahora! Ya sabe a qué me refiero. Las metáforas son lo única forma que me queda ya de expresar algo, las últimas gotas de lluvia en este desierto yermo. ¿Lo ve? ¡Más metáforas! ¡Bienvenidas sean, pues ellas habrán de conducirme al abismo! Al abismo blanco, claro, a ver si consigo llenarlo de alguna forma. Aunque sea con mi sangre. Aunque sea ardiendo. Odio... todo conduce al mismo punto, está claro. Yo expulso el odio, y yo soy el blanco de mi odio (blanco, europeo, de clase media, ¿van entendiendo adónde quiero llegar?), y de ahí se proyecta al exterior, a los demás. El odio a los demás no es más que una consecuencia, una proyección del odio a uno mismo. Los demás no tienen culpa, no son más que daños colaterales, espejos del alma. Y como tal, devuelven la proyección. De pupila a pupila: ojo por ojo, eso es. Y con cada intercambio, el sentimiento se retroalimenta, crece cada vez que es reflejado, arrastrando en cada transporte nuevas partículas que hacen que la bola de nieve crezca y crezca. La consecuencia: yo mismo. ¿Ya va quedándole un poco más claro su origen, su historia; mi historia: Historia de un Odio? Me alegro. Y a la vez, le odio. Lo siento, si ha entendido bien lo que acabo de explicar, entenderá también la persistencia de esta emoción que me corroe. Claro que son todo errores de planteamiento, de eso no me cabe la menor duda. Si me planteara las cosas de otra forma no odiaría, pero ya no es posible. Tal vez lo sea pero, mire, no quiero. Estoy contento con mi odio. Bueno, no, no lo estoy. Este odio es el que me está corroyendo. Por su culpa no puedo escribir. ¡Por su maldita culpa, por este odio maldito, este odio blanco que no consigo canalizar! ¡¡Lo odio, odio al odio!! ¡Si al menos hubiera alguna manera de parar su avance, si se me ocurriera algo, alguna forma...! Oh, claro, adivinen qué es lo que me falta.

Me desespero. Las horas pasan, cae la noche y no he comido nada en todo el día. Los folios siguen blancos, y mi mente, seca. Me duelen las manos de no escribir. La cabeza no, porque el zumbido sigue. La habitación se mantiene hermética; las paredes, unos milímetros más gruesas, y el lápiz afilado, certero... y expectante. Ya he dicho todo lo que tenía que decir por hoy, ¿qué más quiere saber? Sigo podrido del mismo odio, cubierto por los mismos gusanos, unos milímetros mejor alimentados. Nada nuevo que añadir: me falta imaginación, la puerta que separa mis ideas de su resolución sigue cerrada, cerrada a cal y canto. Y al otro lado, arena. ¿Dónde? Ojalá pudiera saberlo. La cabeza me da vueltas, probablemente me desmaye en breve. De sueño o derrota, qué más da. Tal vez de muerte. Vida no, que no me queda. Y de todas formas, a quién le importa. Esta conversación ya me aburre, ¿podríamos cambiar de tema? Gracias.  

2 comentarios:

  1. Muy Bukowski. Me gustan especialmente dos partes: aquella en la que el monologuista se compara a sí mismo con elementos del espacio, muy conseguido; y la parte en la que desvela que, en conclusión, el objeto de su odio es él mismo, puesto que los demás son meras proyecciones, un espejo. Un poco largo el principio del relato. Se hace más interesante y engancha más a medida que se va leyendo.

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    1. Es posible que empiece algo lento, sí. La verdad es que es un poco reflejo de mi frustración en mitad del verano, que tenía un impulso muy grande de escribir y no sabía sobre qué, y al final sin quererlo salió esto. Todo lo fui improvisando, lo escribí casi del tirón en el portátil (algo que no suelo hacer, casi siempre escribo primero a mano y luego ya pasado al ordenador lo corrijo). Y bueno, más que Bukowski, el personaje está prácticamente plagiado de "Memorias del subsuelo" de Dostoievski, de ahí el subtítulo. Ya te digo, todo iba sin premeditación alguna, ni yo mismo era consciente de lo que escribía jajaja. Me alegra que te haya gustado, ¡y muchas gracias por el comentario! Saludos.

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